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Historia de la Microeconomía



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Historia de la Microeconomía*
*Capítulo 1 del libro:
Micro-économie de Bernard Guerreen
Bernard Guerrien est un économiste français, docteur en mathématiques et docteur en sciences économiques, est maître de conférences à
l'université Paris-I-Panthéon-Sorbonne.
Bernard Guerrien es Doctor en Matemáticas y Economía, Profesor de Matemáticas y Microeconomía en la Universidad de Paris I (Sorbona).
Traductor de la edición en castellano: Carlos Guillermo Álvarez, Profesor Honorario, Universidad Nacional de Colombia, Escuela de
Economía.
LOS “PADRES FUNDADORES” DE LA MICROECONOMÍA: LOS MARGINALISTAS.
A. Utilidad marginal decreciente y demanda.
A mediados del siglo XIX se vio aparecer en varios países de Europa una corriente de ideas que,
haciendo a un lado consideraciones de tipo histórico e institucional, pero también formas de
organización de la producción, se proponía explicar el valor de los bienes a partir de la sicología
individual. Dicho de otra manera, la concepción “objetiva” del valor - construida sobre los costos de
producción, particularmente en trabajo - se abandonó en beneficio de un enfoque “subjetivo” basado en
el comportamiento del consumidor, determinado por sus “gustos” y sus recursos. 
a) El principio de la utilidad marginal decreciente. 
Para quienes son los fundadores de esta nueva corriente, el inglés Stanley Jevons (1835-1882), el
austríaco Karl Menger (1840-1921) y el francés León Walras (1834-1921), existiría, mas allá de la
diversidad de los gustos individuales, una ley psicológica, según la cual la satisfacción lograda
mediante el consumo de un bien aumenta con el incremento del consumo, pero tal aumento de
satisfacción se produce a un ritmo cada vez más débil, de tal manera que se presenta una saturación
progresiva, pero jamás total. 
Tal “ley psicológica”, que para algunos como Jevons se explica por razones meramente sicológicas, ha
sido denominada ley de la utilidad marginal decreciente; en este caso la palabra “utilidad” designa la
satisfacción o el placer conseguido, en tanto que el adjetivo “marginal” subraya el hecho de que la
utilidad de la última unidad consumida disminuye en tanto el consumo aumenta. 
Así, para dar un ejemplo simple, si el consumo de una manzana otorga una utilidad de 10, la de dos
manzanas una utilidad de 15 y la de tres manzanas 18, entonces la utilidad marginal de la segunda
manzana es igual a 15-10, es decir 5, en tanto que la de la tercera manzana es de 18-15, o sea 3.
Ahora, como 3 es menor que 5, la ley de la utilidad marginal decreciente se ha verificado, al menos en
este ejemplo. 
Resaltemos que esta ley no se expresa por una fórmula clara, contrariamente a lo que pasa en física,
por ejemplo; de tal manera no se precisa a que tasa decrece la utilidad marginal en tanto aumenta el
consumo ya que ésta varía de un individuo a otro; se contenta con dar el sentido de tal variación, la cual
se supone igual para todo el mundo. Ahora, el hecho de enunciar hipótesis cualitativas -sentido de la
variación, forma de la curva- mas que cuantitativas expresadas en cifras-, es típico en microeconomía,
donde la diversidad y la complejidad vuelven problemática toda medida cuantitativa.
b) La elección del consumidor. 
Los marginalistas -así se denominará a los partidarios de la ley de la utilidad marginal decreciente- van
a emplear tal “ley” para explicar el valor de los bienes, apoyándose en la idea según la cual los
individuos procuran obtener la mayor satisfacción posible, es decir tienen un comportamiento hedonista,
y son racionales, o sea, actúan buscando tal objetivo. 
De tal manera, el problema del consumidor, que se supone racional y hedonista, es seleccionar la
canasta de bienes que maximiza su utilidad, habida cuenta de su disposición de recursos limitados,
está sometido a una restricción presupuestal. Tal selección depende pues de la forma de su función de
utilidad -de sus gustos- y también del precio de los bienes. Mas exactamente, la selección se hace de
tal manera que la relación entre la utilidad marginal y el precio de cada bien sea igual para todos los
bienes de la canasta escogida. 
En efecto, si no fuera así, el consumidor podría aumentar su utilidad modificando la composición de la
canasta. Si, por ejemplo, la relación entre la utilidad marginal y el precio fuera mayor para el bien A que
para el B, es lógico que el consumidor tuviera interés en vender B y comprar A con el resultado de la
operación; la canasta considerada no correspondería a una utilidad máxima. Tal razonamiento es válido
cualquiera que sean los bienes A y B considerados.
La condición de “optimalidad” que acaba de establecerse -igualdad de las razones entre utilidades
marginales y precios- se puede enunciar de la siguiente manera: la canasta que maximiza la utilidad
bajo la condición de una restricción presupuestal es tal que la utilidad marginal de cada bien sea
proporcional al precio del mismo, siendo igual el coeficiente de proporcionalidad para todos. Este
coeficiente depende del ingreso ya que si éste aumenta, la restricción presupuestal es menos
“ajustada” de manera que el consumo de los bienes aumenta y las utilidades marginales disminuyen;
ahora, como se supone precios fijos, la relación entre utilidades marginales y precios, es decir, nuestro
coeficiente de proporcionalidad, disminuye. Los microeconomistas denominan a esta relación utilidad
marginal del ingreso. 
Una de las consecuencias importantes del principio de maximización es que proporciona una
justificación potente para el empleo de técnicas matemáticas. En efecto, en la medida en que la utilidad
depende de las cantidades consumidas, se le puede representar como una función de esas cantidades,
las cuales a su vez se pueden representar como un vector cuyos elementos son los números que
representan las cantidades de cada uno de los bienes, por ejemplo, la canasta representada formada
por 3 kilos de zanahorias, 5 litros de leche y un par de zapatos, se representa por el vector [3,5,1].
En la medida en que la utilidad marginal tiene implícita la idea de la variación de la utilidad, el concepto
matemático apropiado para representarla es la derivada. Como en general en la función de utilidad
intervienen varios bienes, zanahorias, leche, zapatos, ella admite varias derivadas denominadas
parciales, una para cada bien. Ahora, como en la búsqueda de puntos extremos, máximos y mínimos.
De una función se hace intervenir en general el cálculo de derivadas, es claro el interés de la
formalización matemática. Además se puede indicar que se adoptó rápidamente la costumbre de
identificar “marginalismo” y “búsqueda de extremos por el cálculo de derivadas”. 
c) La “ley de la demanda”. 
En la medida en que un individuo ha determinado la canasta de bienes que maximiza su utilidad
procura adquirirla y formula entonces demandas por cada uno de ellos. Tales demandas dependen
evidentemente del precio de estos y se representan generalmente por una curva -(Cournot[1801-1877])
ha sido el primero en utilizar tal representación, pero es Walras primero y sobre todo después
Marshall[1842-1924], quienes han resaltado el lazo entre demanda y maximización de utilidad-. 
¿Cuál es la forma de las curvas de demanda? 
La respuesta a ésta pregunta parece deducirse fácilmente: decreciente. ¿No es pues evidente que,
ante incrementos en el precio de un bien, se procura adquirir menos de este incluso conduciendo a
aplazar el consumo de otros bienes?
Figura 1.1 Una curva de demanda.
(q):Representan las cantidades.
(P): Representan los precios.
La anterior figura nos da un ejemplo de tal comportamiento.
El propósito de los teóricos marginalistas no era, sin embargo, quedarse en las “evidencias” sino
mostrar que el decrecimiento de la curva de la demanda de cualquier bien, es una consecuencia de la
conducta maximizadora de la utilidad por parte los individuos. Han denominado ley de la demanda a
una tal propiedad que en primer lugar, parece desprenderse de manera inmediata del principio de la
utilidad marginal decreciente, asociado al de la maximización. En efecto, se ha visto que tal
comportamiento, la maximización de la utilidad, conduce a escoger una canasta de bienes tal que la
relación entre la utilidad marginal y el precio sea igual para todos los bienes de esta canasta. En tales
condiciones, si el precio de un bien aumenta, se puede pensar que la utilidad marginal aumenta, para
preservar la condición de la maximización. Ahora como las utilidades marginales se suponen
decrecientes, para que una de ellas aumente se necesita que el consumo del bien correspondiente
disminuya. De ahí el lazo lógico que parece existir entre disminución de la utilidad marginal y la ley de la
demanda. 
Sin embargo, si el asunto se mira con mas detalle se puede uno dar cuenta que las cosas no son tan
simples, como el mismo Marshall lo había señalado a finales del siglo pasado. En efecto, no es posible
generalmente, aislar las consecuencias de las variaciones del precio de un bien sobre su demanda; así,
en la medida en que el precio de un bien varía, aparecen dos tipos efectos: 
El efecto sustitución, consecuencia del cambio en los precios relativos; si el precio de un bien aumenta
mientras que el de los otros permanece constante, el consumidor procurará, en general, reemplazar el
bien cuyo precio subió, y que se ha vuelto relativamente mas caro, por otros bienes de los cuales se
dice que son sustitutos;
El efecto ingreso, provocado por la variación en el poder de compra que resulta de la alteración
mencionada de los precios. 
d) La condición “ceteribus paribus” -permaneciendo constantes todas las otras condiciones-
De estos dos efectos, sólo el segundo puede crear problemas a la ley de la demanda. En efecto, con un
poder de compra fijo, sería irracional comprar mas del bien cuyo precio se ha incrementado, y menos
de los otros bienes, en tanto tal decisión era posible tomarla antes de la variación del precio (sin que
ello hubiera sucedido). 
Inversamente, en tanto el dominio de selección varía como consecuencia del efecto ingreso, pudiera
suceder que el principio de la utilidad marginal decreciente no garantiza la disminución de la demanda.
Tal es el caso para los bienes Giffen cuyo consumo aumenta con el incremento de los precios. Tal
situación se explica de la manera siguiente: para estos bienes, que son vitales, los individuos prefieren
dedicarles una parte más importante de su ingreso en la medida que su poder de compra baja limitando
el consumo de otros bienes considerados menos esenciales. 
Pero sobre todo el efecto ingreso se vuelve particularmente significativo cuando se considera que el
ingreso de los individuos depende a su vez de los precios -recuérdese que para tener un ingreso es
necesario vender algo, por ejemplo la fuerza de trabajo-. De tal manera que todo aumento de los
precios tiene por contrapartida un incremento del ingreso para quienes venden el bien cuyo precio
aumenta y, por tanto, un eventual aumento de la demanda.
Marshall consideraba que tales efectos “indirectos” eran relativamente insignificantes, comparados con
los que son inducidos por el principio de la utilidad marginal decreciente. Así pues, mientras hemos
visto como este principio actúa después de un aumento de precios, no se ha tenido en cuenta la
variación del coeficiente de proporcionalidad que relaciona precio y utilidad marginal, condición de la
maximización de la utilidad. Ahora, es justamente al nivel de tal coeficiente y de sus variaciones, que se
concentran los “efectos indirectos” y muy particularmente el efecto-ingreso. Para evitar estas
complicaciones, Marshall propuso suponer que tal coeficiente es constante, a pesar de saber que no lo
era. 
De manera mas general, en tanto se procede así, es decir, en tanto que no se considera la
interdependencia de las demandas o de las ofertas de los diversos bienes, se dice que se supone que
todas las otras cosas permanecen iguales. 
Este tipo de procedimiento es típico del enfoque en equilibrio parcial, tema sobre el cual se insistirá en
el capítulo 3. Habida cuenta de que Marshall adoptó sistemáticamente este procedimiento, se le
denomina frecuentemente como “marshaliano”.
B. Productividad marginal decreciente y oferta. 
La “ley sicológica” que explicaría el principio de la utilidad marginal decreciente, permite establecer una
relación entre precio y cantidad demandada de un bien, de la cual la curva es la expresión gráfica, pero
no es suficiente para la determinación del precio que va a establecerse “efectivamente”, lo mismo que
la determinación de las cantidades compradas y vendidas a ése precio. Para suprimir la
indeterminación se puede suponer, como lo hace Marshall, que la cantidad ofrecida es dada -es decir,
los vendedores llevan al mercado toda su producción- y que el precio se “ajusta” de manera tal que ésta
se pueda vender completamente. 
Si llamamos (qe) la cantidad ofrecida del bien, independientemente del precio, entonces se enfrenta a
una situación como la descrita en el gráfico 1.2 dónde la oferta se representa por una recta horizontal
que pasa por (qe) y la demanda por la curva DD’. 
El precio (pe), dónde se igualan la oferta y la demanda se denomina precio de equilibrio, y qe la
cantidad de equilibrio. 
 
Figura 1.2 (E) : Representa equilibrio, la oferta es igual a la demanda.
 
Se dice que existe “equilibrio” porque los individuos, compradores y vendedores, cumplen sus planes.
Sin embargo, aunque es cierto que los compradores-consumidores maximizan su utilidad -por la
definición misma de la demanda- el caso de los vendedores- productores es, en este caso, menos claro
ya que no tienen verdaderamente que escoger; sin embargo, se puede considerar que la cantidad
propuesta (qe) no proviene del azar sino más bien de una decisión “pensada”. De esta manera Marshall
introduce una periodización en su análisis de la oferta la que se presenta en el muy corto plazo pero
que puede variar en el corto, el mediano y en el largo plazo, habida cuenta de la disponibilidad tanto de
trabajo, máquinas y materias primas como de capacidades de producción existentes -en locales y
materiales “pesados”- con los plazos de ajuste necesarios, los cuales pueden ser mas o menos largos.
No nos detendremos sobre la forma de efectuar los cortes en el tiempo, lo que de todos modos implica
serios problemas teóricos; nos contentaremos con abordar el problema de la oferta como lo habíamos
hecho con la demanda; es decir, considerando un individuo tipo, el “productor” o la “empresa” cuyo
objetivo es la maximización del beneficio en tanto que el propósito del otro individuo, el “consumidor”,
es recordémoslo, maximizar la utilidad. 
En microeconomía hay dos procedimientos diferentes, pero no incompatibles de tratar el problema de la
oferta: por la función de producción y por la función de costos; vamos a presentar las dos.
a) El enfoque de la función de producción. 
Por definición la función de producción asocia canastas de insumos - cantidades de trabajo, de
materias primas, de “servicios” dados por las máquinas, etc.- con cantidades de productos que aquellos
han posibilitado producir habida cuenta de las técnicas disponibles. La “ley” de la utilidad marginal
decreciente tiene una contrapartida en el ámbito de la producción. De esta manera David Ricardo
(1772-1823) había notado hace bastante tiempo que en tanto hubiera aumentos poblacionales se hacía
necesario explotar las tierras “marginales” que anteriormente estaban sin laborar, lo que generaba
rendimientos cada vez más débiles, es decir, con una productividad marginal decreciente. Es claro que
la generalización de esta “ley” al caso del trabajo, las máquinas, las materias primas etc., se demoró
mucho en ser incorporado a toda la economía, como si fuera más difícil de admitir que la utilidad
marginal decreciente. En efecto, el enfoque de la función de producción sólo aparece al fin del siglo XIX
mas exactamente en la obra de Wicksteed, incluso bajo la forma rudimentaria, agregada; tal función
sólo se impone en los análisis teóricos a mediados del siglo XX. Para el microeconomista tiene la
ventaja, sobre la función de costos anteriormente hegemónica, de sólo estar relacionada con los
aspectos técnicos de producción, considerados por lo demás como “datos de base”. 
La determinación de la oferta.
Supongamos que la productividad marginal de cada insumo es decreciente es decir, que si la cantidad
aumenta, entonces la producción aumenta, pero a un ritmo mas y más débil. Bajo esta hipótesis, la
oferta que maximiza el beneficio se obtiene por un razonamiento parecido al que permite determinar la
demanda a partir de la “ley” de la utilidad marginal decreciente. En efecto, en este caso el razonamiento
es más simple ya que el productor no está sometido a restricción alguna - excepto a las de tipo técnico -
en tanto que el consumidor debe efectuar su elección a sabiendas de que sus recursos son limitados.
En consecuencia, el productor debe adquirir cantidades de insumos de tal manera que el valor obtenido
por la última unidad empleada de cada insumo sea igual al precio de ésta. Su beneficio es entonces
máximo ya que, si empleara mas insumos, lo haría a pérdida, su compra le costaría mas que los
beneficios logrados con la producción suplementaria; ahora, si empleara menos, sus beneficios bajarían
a causa de una ganancia menor por la “subutilización” de los insumos. Evidentemente tal razonamiento
sólo se cumple porque las productividades marginales de los insumos se suponen decrecientes. 
En resumen, si las productividades marginales son decrecientes, la producción óptima, que maximiza el
beneficio, se presenta cuando la productividad marginal en valor de cada insumo es igual a su precio.
Un ejemplo puramente hipotético, permite comprender mejor este resultado. Supongamos que el
insumo es el trabajo de un obrero que produce sillas, con un precio de venta de 10, con un costo de 20
por la hora de trabajo y que el cuadro siguiente resume la función de producción: 
 
Horas de
Producción
Productividad
trabajo
acumulada
marginal
1
11 
11 
18 
23 
25 
26 
Se constata que la productividad es decreciente, ya que la producción es de 11 para la primera hora, de
18-11=7 la segunda de 23-18=5 la tercera, de 25-23=2 la cuarta y de 26-25=1 la quinta hora. Dicho de
otra manera, el obrero se fatiga y su producción horaria se resiente. 
Su producción en la primera hora -11 sillas- le genera un ingreso de 1110= 110, con un costo igual a 20
-precio horario del trabajo-, luego un beneficio de 1110-20=90; igualmente, los beneficios rendidos por
cada una de las horas siguientes son:
8x10-20=60, 5x10-20=30, 2x10-20=0, 1x10-20= -10.
En consecuencia, dado que la producción de la quinta hora se hace a pérdida, la cantidad de trabajo
empleada es de cuatro horas, si la oferta es de 25 sillas, se tiene un beneficio de 25x10-4x20=170. La
oferta es tal que la productividad marginal en valor (2x10) es igual al costo unitario del trabajo (20); el
beneficio es máximo ya que, como la productividad marginal es decreciente, éste no se puede
aumentar empleando mas trabajo. 
Este ejemplo permite ver como la cantidad ofrecida depende del precio del producto. De tal manera que
si éste fuese igual a 9, la oferta es inferior a 25 ya que entonces la producción de la última hora de
trabajo se haría a pérdida genera 2x9=18 y cuesta 20-. Inversamente, la tercera hora, donde se
producen cinco sillas, es rentable ya que el beneficio suplementario es 5x9-20=25. En consecuencia si
el precio de la producción es igual a 9 la oferta es de 23. Se verifica cómodamente que se cumple para
todo precio p comprendido entre 4 y 10 ya que 5xp 20. Al contrario, si el precio está comprendido entre
3y 4, el beneficio no es máximo sólo si se emplean dos horas de trabajo, cuando la oferta es igual a 18
y así sucesivamente.
Si se organiza un poco este ejemplo, tomando como unidad el minuto -¡incluso el segundo!) se obtiene
entonces la curva de la oferta de la figura 1.3. La hipótesis sobre la disminución de la productividad
marginal tiene como consecuencia que esta curva tenga una pendiente “mas y más débil” en la medida
que el precio aumenta (es cóncava) . 
 
Figura 1.3 Una curva de oferta ante productividad marginal decreciente.
 
b) El enfoque de la función de costo.
En nuestro ejemplo actuamos como si no hubiese mas que un insumo, el trabajo, lo que simplifica
bastante la presentación. Pero, como regla general toda producción exige no sólo trabajo sino también
materias primas, energía, herramientas etc., de tal manera que la búsqueda de la oferta que maximiza
el beneficio no se puede reducir a un cálculo simple. Por ello el microeconomista razona con frecuencia
a partir de la función de costos, que asocia a cada cantidad producida de un bien el costo mínimo en
insumos necesario para producirla. Una función de esta forma presenta la ventaja de ser relativamente
simple en la medida de sólo hacer intervenir una variable (la cantidad producida), al contrario de la
función de producción que incluye tantas variables como insumos.
Sin embargo, la ventaja obtenida tiene una contrapartida nada despreciable: la pérdida de información.
En efecto, la función de costos es obtenida a partir de relaciones técnicas y de los precios de los
insumos, de manera que el papel de los unos y los otros ya no se puede distinguir. Se presenta un
asunto incómodo para el microeconomista, uno de cuyos objetivos es aislar la causa de los fenómenos
que se propone estudiar; acuerda por tal razón -generalmente- un lugar privilegiado en sus análisis a la
función de producción y apenas emplea la función de costos para llamar la atención sobre un cierto
número de problemas particulares, por ejemplo la existencia de costos fijos, o para simplificar la
presentación de ciertos problemas. 
Costo marginal y función de oferta. 
La búsqueda del máximo beneficio exige a la empresa el cálculo de su costo marginal, es decir, el costo
de la última unidad producida, independientemente del nivel de producción. Ahora, si tal costo hubiese
disminuido con la cantidad producida, entonces la empresa tendría interés en adelantar indefinidamente
su producción. Para evitar tal tipo de situaciones, se supone generalmente que el costo marginal es
creciente, “cuesta mas y más” producir una unidad suplementaria. Esta hipótesis permite entonces
deducir fácilmente la función de oferta de la empresa, la cual debe, para lograr el máximo beneficio,
“empujar” la producción hasta el punto en el cual el costo de la última unidad producida sea igual a su
precio de mercado, de hecho ir mas allá de este punto haría bajar su beneficio. Dicho de otra manera,
para que exista un beneficio máximo es necesario que el costo marginal para el nivel de producción
retenido sea igual al precio del bien producido, con la condición, claro está, que tal costo sea creciente. 
Aplicando esta regla a cada uno de los precios posibles, se obtiene la oferta, que maximiza el beneficio,
a estos precios y, por tanto, la función de oferta de la empresa. 
Los costos fijos.
El razonamiento que hemos efectuado relativo a la función de oferta supone el costo marginal
creciente. Ahora, tal hipótesis es muy lejana de la realidad; no se constata que la mayoría de las veces
si se compra mas de un bien, por lotes, mas disminuye su costo unitario? empezando por las fotocopias
cuya tarifa es regresiva. Los fabricantes de automóviles o de aviones, entre otros, no realizan pues el
grueso de sus beneficios sobre las “últimas” unidades producidas, cuyo costo es claramente inferior al
precio de venta? Se podría multiplicar el número de ejemplos. 
Además, la hipótesis sobre el costo marginal creciente tiene un formidable problema lógico; en efecto,
como implica que el costo unitario disminuye con la escala de producción, se desprende que las
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