91
concibamos nuestra cultura como un libre mercado de ideas
88
.
Por otra parte, las principales teorías de la justicia y la igualdad, como las de Rawls, Nozick
y Dworkin, sugieren que los compromisos sociales deberían reflejar plenamente las exigencias de
la racionalidad contractual
89
. Distintos filósofos defienden que incluso la moral se entiende mejor
en términos contractuales
90
. El amplio campo de la teoría de la elección racional, que parece
aplicarse a todo el ámbito de la experiencia y la actividad humanas, sostiene los mismos supuestos
básicos respecto a individuos, relaciones contractuales y racionalidad
91
. Cada vez se apela más a
los modelos contractuales para solucionar problemas que surgen en campos que hasta ahora no se
habían considerado en esos términos, como el cuidado de los pacientes que no cumplen con su
tratamiento, el control de los presos e, incluso, la educación de los niños.
Al examinarlos con atención, los supuestos y los planteamientos del pensamiento
contractual resultan enormemente cuestionables. Las sociedades actuales son el resultado de la
guerra, la explotación, el racismo y el patriarcado, y no de los contratos sociales. La economía y la
política dependen más del triunfo de la fuerza económica sobre la debilidad que del libre mercado.
En lugar de un comercio libre de ideas poseemos una cultura en la que los medios de comunicación
actúan de portavoces, ahogando las tímidas voces que pretenden expresarse con libertad. Además,
como expresiones de un interés normativo, las teorías contractuales proporcionan una visión
empobrecida de las aspiraciones humanas.
Considerar las relaciones contractuales como paradigma de las relaciones humanas es
aceptar el concepto histórico específico de «hombre económico» como representativo de la
humanidad. Esto supone, según dicen muchas feministas, pasar por alto o prescindir de la
experiencia de la mujer.
En este artículo me propongo estudiar la sociedad desde un punto de vista sustancialmente
distinto al del hombre económico. Adoptaré el punto de vista de la mujer, y especialmente de las
madres, para repensar la sociedad y sus posibles objetivos. Realmente no existe un punto de vista
único de las mujeres; las opiniones de éstas son tan diversas como las de los hombres. Pero ya que
estas opiniones han sido en gran medida desestimadas, no trataré de mostrar su diversidad, sino
de sacar a la luz una perspectiva femenina.
La tradición del contrato social y los conceptos burgueses de la racionalidad han sido
puestos en entredicho durante algún tiempo por el enfoque marxista y por otras corrientes de
pensamiento. Sin embargo, como estas teorías también desprecian el punto de vista de las
madres, no voy a ocuparme de ellas.
¿Cómo sería la sociedad si considerásemos la relación entre madre e hijo como la relación
judicial y social desde que Oliver Wendell Holmes la utilizara en Abrams v. United States (250 U.S. 616,
6301919).
88
P.
ej., John Rawls, A Theory of Justice (Cambridge: Harvard University Press, 1971); Robert Nozick,
Anarchy, State and Utopia (Nueva York: Basic Books, 1974); y Ronaid Dworkin, Taking Rights seriously
(Cambridge: Harvard University Press, 1977).
89
P. ej., John Rawls, A Theory of Justice (Cambridge: Harvard University Press, 1971); Robert Nozick,
Anarchy, State and Utopia (Nueva York: Basic Books, 1974); y Ronaid Dworkin, Taking Rights seriously
(Cambridge: Harvard University Press, 1977).
90
P. ej., David A.J. Richards, A Theory of Reasons For Actions (Nueva York: Ox ford University Press,
1971); y David Gauthier, Moráis by Agreement (Nueva York: Oxford University Press, 1986)
91
Para un ejemplo reciente véase el simposio «Explanation and Justification in So cial Theory» en Ethics,
97, 1.
92
social principal? ¿Qué podríamos esperar de una sociedad así? Parece plausible considerar la
relación madre e hijo como la relación principal, ya que antes de que pudiera haber existido un
hombre autosuficiente en un hipotético estado natural, habrían tenido que existir madres e hijos.
No obstante, permítanme anticipar una posible réplica a esto antes de comenzar: dudo que el
punto de vista que estoy ofreciendo sea el definitivo. Dudo también que debamos considerar una
relación cualquiera como paradigma de las demás, y dudo, finalmente, que la moral deba basarse
en un tipo concreto de relación humana.
Ya que lo que me interesa es la práctica de la maternidad, más que la consideración de la
mujer en sentido biológico, en adelante emplearé el término persona maternal (mothering
person)
92
en lugar de madre. Una persona maternal puede ser masculina o femenina. Por tanto,
hablaré de personas maternales con el mismo género neutro que utilizan los escritores de hoy día
cuando intentan hablar de sujetos que entablan relaciones contractuales. El rechazo que muchos
hombres pueden mostrar a ser tildados de «personas maternales» es un reflejo de la aversión que,
a su vez, manifiestan las mujeres cuando se ven constreñidas a las normas prácticas y al lenguaje
del llamado «hombre económico».
Es importante subrayar que yo considero la práctica de la maternidad no según el patrón de
la sociedad patriarcal, sino desde la perspectiva de lo que sería la maternidad sin el dominio
patriarcal. Esto mismo es equiparable al desarrollo del concepto de contratación racional. Este
concepto se desarrolló mientras amplios sectores de la sociedad eran todavía feudales.
Mujer y familia
Un primer aspecto que debe tenerse en cuenta cuando imaginamos la sociedad desde el
punto de vista de la mujer es que el modelo contractual apenas ha sido aplicado, ni como
descripción ni como ideal, a las mujeres o a las relaciones familiares. Se creía que la familia
estaba «fuera» de la polis y «fuera» del mercado, en un ámbito «privado». Aunque las mujeres han
trabajado siempre, y aunque existen ejemplos en la historia en los que tanto mujeres como niños
se han visto obligados a trabajar en fábricas, se les excluyó del ámbito en el que se desarrollaban
los modelos contractuales de la «igualdad de los hombres». No se esperaba que las mujeres
exigieran derechos similares, ni en el ámbito público ni en el hogar. No cabía que las mujeres
fuesen «hombres económicos». Los niños se vieron también desplazados de este ámbito.
Las concepciones dominantes de la racionalidad admiten que los seres humanos son individuos
independientes, egoístas y despegados de los demás.
El ejemplo más claro del extraordinario prejuicio al que estas posturas pueden conducir se
observa en los escritos de Rousseau. Los principios morales serían aplicados a hombres y mujeres
de manera diferente en cada caso. Rousseau argumentaba que el hombre no podía sacrificar su
libertad al Estado. Pensaba que el gobierno podía basarse en un contrato social en el que los
ciudadanos eran tan libres como en un estado natural, en el que ellos mismos se otorgasen las
leyes
93
. Sin embargo, dentro del ámbito familiar, el hombre debe mandar y la mujer debe
obedecer. Rousseau sostenía que las mujeres debían ser adiestradas desde el principio para servir
92
El término «mothering person» lo traducimos por «persona maternal». Se aplica por igual al padre, a la
madre y en general a toda persona que realice funciones maternales. (Nota del traductor).
93
Rousseau, Social Contract.
93
y obedecer a los hombres. Si para Rousseau la esencia del ser humano era la no sumisión a la
voluntad del otro, era evidente que a la mujer se le negaba la posibilidad de llegar a ser un ser
humano completo. Pensaba, además, que si las mujeres disfrutasen de igualdad con los hombres
en el hogar familiar (el único terreno abierto para ellas), esto significaría la disolución de la
sociedad. La sociedad humana, pensaba Rousseau, era incompatible con la ampliación de los
principios de la sociedad contractual a las mujeres y a la familia.
El contraste es, pues, absoluto: total libertad e igualdad en un estado exclusivamente
masculino; autoridad masculina absoluta y obediencia femenina en el hogar. Parece que Rousseau
no consideró el alcance de semejante punto de vista. Si alguien cree realmente que dos personas
en un hogar, con lazos de afecto y tiempo para discutir, no pueden alcanzar jamás decisiones en
consenso, o tomar decisiones por tumos, sino que siempre debe haber una persona con autoridad
para tomar todas las decisiones, ¿qué esperanza podría haber para la vida política consensuada,
participativa y democrática que Rousseau defendía tan elocuentemente? Por otro lado, si las
decisiones en el terreno político pueden ser tomadas de tal forma que la voluntad de un hombre no
necesita imponerse a la de otro, ¿por qué la ausencia de coacción no puede extenderse a las
relaciones hombre y mujer dentro de la familia?
Una de las formas en que las corrientes dominantes del pensamiento han conseguido pasar
por alto semejantes incoherencias ha sido el considerar a las mujeres principal mente como
madres, y el cuidado maternal como una función biológica primordial. Con ello se da por supuesto
que mientras la contratación es una actividad específicamente humana, las mujeres se dedican a
una actividad que no lo es. Por eso se ha pensado que la mujer estaba más próxima a la
naturaleza que el hombre, pues se vuelca en una actividad biológica que comprende procesos
similares a los de otros animales. Así se consideró adecuada la exclusión total o parcial de la
mujer del ámbito contractual.
La idea de que la mujer está más dominada por la biología que el hombre aún mantiene su
vigencia. Esta idea es tan cuestionable como otras muchas que existen sobre la experiencia vital
de la mujer. La maternidad humana es una actividad muy distinta a la maternidad animal. Es
tan diferente de la maternidad animal, como el trabajo o el lenguaje del hombre lo es del trabajo y
del «lenguaje» animal.
La maternidad humana modela el lenguaje y la cultura, y da forma a la personalidad
humana. La maternidad humana desarrolla una moral, no sólo transmite técnicas de
supervivencia; aunque éstas pueden ser impresionantes, no contienen objetivos morales. La
maternidad humana enseña a considerar a los demás desde una perspectiva moral, genera
personas humanas autónomas; no sólo propaga la especie. Puede ser una actividad tan plena como
la mayor parte de las actividades humanas. Generar nuevas personas, y nuevos tipos de personas,
es tan creativo como elaborar nuevos objetos, productos o instituciones. La maternidad humana
no es más natural que cualquier otra actividad humana. Puede incluir muchas tareas aburridas
y repetitivas al igual que la labranza, la producción industrial, la economía, y el trabajo en un
laboratorio. Pero el grado de aburrimiento no tiene nada que ver con el grado de naturalidad.
En suma, la maternidad humana es tan dispar de la animal como los seres humanos lo son de los
animales.
La economía y la política dependen más del triunfo de la fuerza económica sobre la debilidad que
del libre mercado.
94
¿Cómo sería la sociedad si considerásemos la relación entre madre e hijo como la relación social
principal?
Existen buenas razones para que la maternidad se convierta en actividad tanto de hombres
como de mujeres. Podemos seguir utilizando el término maternidad para designar esa actividad,
puesto que ha sido la mujer quien se ha entregado abrumadoramente a ésta, y porque en el futuro
es el punto de vista de la mujer, incluido el de aquella que se dedique a la maternidad
94
, el que
debe proporcionar un contraste respecto del punto de vista de los hombres. No obstante, llegará
un momento en el que un término como crianza de los niños será preferible al de maternidad
95
.
Obviamente, las relaciones contractuales constituyen un modelo inadecuado para considerar
las relaciones entre personas maternales y sus hijos. Igualmente, cuando se ejercita la
maternidad, se muestra poco el «trato» o el «instinto comercial» que Adam Smith consideraba
como el aspecto más característico de la naturaleza humana
96
.
David Hume, a quien algunos admiran por poseer unas posturas morales más compatibles
con «el sentido moral de la mujer» que las de la mayoría de los filósofos
97
, decía lo siguiente acerca
de la avaricia: «La avaricia o el deseo de lucro es una pasión universal que opera en toda
circunstancia, en todo lugar y sobre todas las personas»
98
. Sin duda, podemos advertir que en la
relación maternal, como debe ser y como efectivamente sucede, es difícil encontrar avaricia. Se
pueden encontrar muchas pasiones en esta relación, pero la avaricia propia del modelo del
hombre económico no ocupa un lugar prominente entre ellas.
La obra de Charlotte Perkins Gilman Herland ilustra el contraste entre los motivos
atribuidos al hombre económico, que construye una sociedad contractual, y los que son capitales
para la práctica maternal. Herland (la tierra de ella) es una sociedad imaginaria compuesta
exclusivamente por mujeres. Procrean por parteno-génesis, y en dicha sociedad sólo hay madres e
hijas. Todo se hace para beneficiar a la generación siguiente; es una sociedad que existe
pacíficamente desde hace cientos de años, y tiene un alto grado de desarrollo tecnológico; ignora lo
que significa la «supervivencia de los mejor dotados». Tres hombres jóvenes de la Norteamérica
del siglo xx consiguen llegar a Herland. Se dan cuenta de que en Herland no hay guerras, ni reyes,
ni sacerdotes o aristócratas, que las mujeres son todas hermanas y trabajan unidas, sin
competitividad. Pero advierten también que las cosas son mucho mejores en casa. Durante un
diálogo tratan de explicar lo importante que es la competitividad. Uno de ellos expone las ventajas
de la competencia, cómo ésta desarrolla buenas cualidades, diciendo que «sin ella no habría
estímulos para la industria»
99
. Dice que la competitividad es necesaria para proporcionar un
incentivo al trabajo; «la competitividad explica es la fuerza motora» de la sociedad.
94
Véase, p.ej., Susan Peterson, «Against "Parenting"», en Trebilcot, Mothering.
95
Entonces paternidad podría ser asimismo aceptable para aquellos que lo consideran hoy un término
confuso.
96
Smith, Wealth of Nations, cap.1
97
Véase Annette Baier, «Hume: The Women's Moral Theorist?» en Eva Kittay y Diana Meyers (eds.)
Woman and Moral Theory (Tottowa, N.J.: Rowman and Littlefield, 1986).
98
David Hume, Essays Moral, Political, and Literary, vol. I. Ed. De T.H. Green y T.H. Grosse (Londres:
Longmans, 1898), 176.
99
Charlotte Perkins Gilman, Herland (1915; nueva edición: Nueva York: Pantheon, 1979), 60.
95
Las mujeres de Herland son curiosas y poseen un simpático escepticismo, como suele ocurrir
en las novelas de Gilman. ¿Quieres decir preguntan- que ninguna madre trabajaría para sus
hijos, sin el estímulo de la competitividad?. En Herland toda la industria social trabaja en
beneficio de los niños. Como una de las mujeres explica, las niñas en este país son el centro de
todos nuestros pensamientos. Cada paso adelante en nuestro progreso está siempre orientado a su
efecto sobre ellas... Has de comprenderlo, somos madres
100
. Por supuesto, éste es un retrato
idealizado de la maternidad. Pero lo pongo en contraste con una imagen idealizada del contrato
racional. Es muy probable que no deseemos una sociedad enteramente consagrada a la
maternidad. Pero tampoco deseamos una sociedad totalmente consagrada a lograr los mejores
negocios.
Familia y sociedad
En los últimos años, muchas feministas han exigido que los principios de justicia y equidad
sobre los que se basa la democracia sean aplicados a las mujeres y a la familia. Han exigido que
las mujeres sean tratadas con igualdad en la política, en el trabajo, y, en último término, en el
hogar. En resumen, piden plenos derechos para introducirse en las relaciones contractuales de la
sociedad actual; pretenden que éstas se amplíen al ámbito familiar.
Pero algunas feministas han sugerido una «ampliación» en sentido, inverso: quizá deberían
exportarse a toda la sociedad las relaciones maternales. Este enfoque sugiere que así como las
relaciones entre las personas dentro de la familia deben basarse en el cariño y la preocupación,
más que en contratos egoístas, las relaciones que se dan en la sociedad deberían caracterizarse
también por el cariño, la preocupación, la con fianza y la sinceridad. Por tanto, el hogar puede
proporcionar un modelo mejor que el marcado para la sociedad.
Esto nos lleva a centrarnos en la familia como en una institución social de la máxima
importancia. La familia es una red de relaciones en la que se generan los seres humanos. Las
sociedad están compuestas de familias. Y una familia es una pequeña sociedad. La familia está
atravesando un profundo cambio en la actualidad, y los trastornos coyunturales en las vidas de
muchas personas son el anuncio de un cambio social apreciable, posiblemente para mejor. La
atención a la familia por parte del feminismo sólo ha comenzado, en parte porque la teoría
feminista se halla todavía en los inicios, intentando comprender al mismo tiempo la multiplicidad
de fuerzas sociales, políticas, económicas, legales, psicológicas, sexuales, biológicas y culturales-
que afectan a la mujer. Jane Flax, examinando la literatura feminista más reciente acerca de la
familia, escribe que para desarrollar alternativas ante las relaciones opresivas que ahora
prevalecen, necesitamos meditar con detalle en «qué tipo de cuidados infantiles son los mejores
para padres e hijos; qué estructuras familiares son más apropiadas para las personas en los
diversos estadios del ciclo de la vida...; cómo deberían afectar a las familias los procesos políticos y
estatales; y cómo el trabajo y la organización de la producción deberían transformarse para apoyar
las formas familiares que se prefieran»
101
. Es una tarea enorme que se ha acentuado mucho en los
últimos años
102
.
100
Ibid., 66.
101
Jane Plax, «The Family in Contemporary Feminist Thought», en Jean Bethke Eishtein (ed.), The Family
in Politícal Thought (Amherst: University of Massachusetts Press, 1982), 252
102
La compilación de artículos en Barrie Thorne (ed.), Rethinking the Family (Nueva York: Longmans,
1982) es una fuente útil. La compilación de Joyce Trebilcot Mothering es asimismo provechosa. Y entre las
mejores fuentes de ideas se hallan las novelas utópicas feministas, p.ej., Marge Piercy, Woman on the Edge
of Time (Nueva York: Fawcett, 1976).
96
El problema más importante sigue estando presente: ¿cuáles son las posibilidades de
rehacer la sociedad mediante las relaciones personales? Las sociedades se componen de personas
que se relacionan entre sí. Pero hasta qué punto estas relaciones son capitales para la sociedad y
para proporcionar un modelo político es algo que queda como interrogante.
El pensamiento democrático y liberal de Occidente se ha elaborado a partir del concepto de
individuo, visto como una entidad teóricamente aislable. Esta entidad puede hacer valer sus
intereses, poseer derechos y trabar relaciones contractuales con otras entidades. Pero este
individuo no es visto en relación con otros individuos de manera intrínseca. Se afirma que el
individuo se halla motivado principalmente por un deseo de lograr sus propios intereses, aunque
puede admitir la necesidad de acordar restricciones contractuales de manera que todos puedan
obtenerlos. Si los grupos han merecido atención alguna vez ha sido por estar considerados como
individuos.
El trabajo y la organización de la producción deberían transformarse para apoyar las formas
familiares que se prefieran
Las dificultades para desarrollar la confianza, la cooperación y la sociedad misma sobre la
base de individuos egoístas que sólo persiguen su propio interés son enormes
103
. La sociedad
contractual está en continuo peligro de extinción. Quizá lo que se necesita para alcanzar la
cohesión social es que las personas estén unidas por lazos de cariño, preocupación, empatia y
confianza, más que por simples contratos, que llegado el momento de defender sus intereses
podrían llegar a incumplir. Los mecanismos de coacción dispuestos para que las personas cuplan
sus contratos se convierten tarde o temprano en candidatos a la desintegración, al igual que los
contratos mismos: llega un momento e que los contratos deben ser insertados en relaciones
sociales que no sean a su vez contractuales.
La relación entre persona maternal e hijo, difícilmente comprensible en términos
contractuales, puede ser una relación humana más fundamental y prometedora a la hora de
construir el futuro.
La relación entre madre e hijo
Examinemos con mayor detalle la relación entre la persona maternal y el niño. En primer
lugar, no es voluntaria y, por ello, entre otras razones, no es contractual. Los lazos entre la
persona maternal y el niño son afectivos, emocionales y de dependencia. El grado de
voluntariedad respecto al cuidado y nacimiento de los hijos a lo largo de la historia ha sido
extremadamente limitado, y todavía sigue siéndolo. La relación debería ser voluntaria para la
persona maternal, pero no puede serlo para el pequeño, y sólo puede ir haciéndose más voluntaria
de forma gradual.
La maternidad humana modela el lenguaje y la cultura, y da forma a la personalidad humana
103
Véase en especial Held, Rights and Goods, capítulo 5.
97
Una mujer puede decidir voluntariamente tener un hijo, pero una vez que toma esta
decisión no podrá desentenderse de la existencia de aquel hijo en particular. Incluso cuando la
decisión de tener un hijo es voluntaria, no se elige voluntariamente tener este hijo en concreto. El
desarrollo tecnológico puede reducir parcialmente las incertidumbres sobre el nacimiento de los
hijos, pero los aspectos más impredecibles seguirán presentes. A diferencia del contrato, en el que
el comprador y el vendedor pueden saber qué es lo que intercambian y que es nulo si los partícipes
no saben en qué consiste el acuerdo, un padre es incapaz de saber cómo será su hijo. Además, los
niños no pueden escoger a sus padres, y pasará bastante tiempo hasta que puedan escoger a sus
tutores.
El reconocimiento de estos límites en las relaciones maternales podría ayudarnos a tener
una visión más acertada de las relaciones humanas globales que
si adoptásemos el modelo
contractual.
La sociedad puede imponer ciertas obligaciones recíprocas: sobre los padres para que cuiden
de los hijos mientras éstos son pequeños, y sobre los hijos para que cuiden de los padres cuando
sean viejos. Pero si existe algún pacto en la relación entre persona maternal e hijo, es muy
diferente del pacto característico del mercado. Si un padre piensa: cuidaré de ti ahora para que tú
cuides de mí cuando yo sea anciano, ello debe estar basado, al contrario que los contratos políticos
o económicos, en una enorme confianza y en una ausencia virtual de coacción
104
. Realmente pocas
personas tienen en mente tales argumentos cuando se afanan en las tareas que exige la
maternidad. Al menos sólo se recurriría al pacto cuando la insensibilidad o la pobreza de la
sociedad hicieran desesperada la situación del anciano. Esto queda demostrado en un estudio tras
otro: los ancianos no desean de ningún modo convertirse en una carga para sus hijos
105
, y
prefieren apelar a medidas sociales que les ayuden, antes que sacar partido de aquel «pacto». Por
lo tanto, la intención y el objetivo de la maternidad es dar cariño sin esperar una recompensa a
cambio. La satisfacción emocional de una persona maternal reside en el bienestar y la felicidad de
otro ser humano, y en la buena marcha de la relación mutua, no en la ganancia que se lograría por
medio de un pacto interesado. La causa que se halla tras la actividad maternal es, por tanto,
completamente diferente a la que hay tras una transacción comercial. También es diferente el
motivo que se oculta tras el proyecto de crecimiento y desarrollo de un niño.
En segundo lugar, las relaciones entre persona maternal e hijo son, en gran medida, permanentes
e irreemplazables. El mercado hace de todo un artículo de consumo para ser comprado y vendido:
el trabajo, el arte, el sexo. La vida política refleja hasta tal punto estos aspectos del mercado que
los políticos son reemplazables y la influencia política se compra y se vende. Aunque siempre se
ha considerado que los derechos se hallan fuera del mercado, el pensamiento contractual los
incluye en este ámbito y comercia con ellos. Pero los lazos entre padres e hijos son permanentes,
por débiles o limitados que parezcan a veces. Ninguna persona dentro de una familia debe ser una
mercancía para otra.
En tercer lugar, la relación entre persona maternal e hijo nos proporciona ideas acerca de la
104
En algunas sociedades, la presión social para adoptar normas de atención recíproca de los padres hacia
los hijos y, después, de los hijos hacia los padres puede ser muy grande. Pero se considera que estas
sociedades se hallan en un momento de su desarrollo previo al de la sociedad contractual.
105
La gerontóloga Elaine Brody dice, acerca de los ancianos, que «lo que escuchamos una y otra vez y
hablo de cifras de un 80 ó 90 por ciento de los estudios es 'no quiero ser una carga para mis hijos'».
Entrevista con Lindsy Van Gelder, Ms, Enero de 1986, 48.
98
igualdad. La igualdad no equivale a poseer los mismos derechos legales. Todas las feministas
adoptan un especial compromiso con el tema de la igualdad de derechos y, sin embargo, existen
otros aspectos mucho más destacados. La igualdad que se halla en litigio en las relaciones
maternales no es una igualdad legal, sino la que se deriva de la consideración de las personas.
Una familia con varios niños, un adulto o dos, y un pariente de avanzada edad, no debería,
por ejemplo, tomar sus decisiones por mayoría
106
. Pues cada miembro de la familia es merecedor
de igual respeto y consideración.
Algunas feministas han sugerido una ampliación: exportar a toda la sociedad las relaciones
maternales.
En el pasado se consideraba que el bien de los niños, en cierto modo, estaba por encima y
esto justificaba el sacrificio por los hijos. Es cierto que los intereses de las madres han importado
menos que los de los padres e hijos. Quizá podríamos llegar a pensar que todos tienen derecho a
que se respeten por igual sus intereses, al menos cuando esos intereses son importantes. Sin
embargo, los cálculos de intereses están muchas veces fuera de lugar. La alegría compartida, el
afecto mutuo, los lazos de confianza y esperanza, la armonía, el amor y la cooperación no pueden
descomponerse en pro de beneficios y cargas individuales. Se trata de relaciones entre personas, y,
pese a que su intensidad puede ser más débil, tales relaciones pueden influir en el carácter
general de una sociedad. Centrarse sólo en las relaciones contractuales y en las pérdidas y
ganancias de los individuos oscurece estos aspectos relacionales, que son, a menudo, los más
importantes.
En cuarto lugar, la relación entre persona maternal e hijo deja claro que no cumplimos con
nuestras obligaciones simplemente por el hecho de dejar en paz a la gente. Si se abandona a un
recién nacido, morirá de hambre; si descuidamos a un pequeño de dos años, se hará daño
enseguida. La tradición Robinson Crusoe, que presupone que la gente puede apañárselas por sí
misma, y conseguir lo que necesita con su propia iniciativa, es falsa en el caso de los bebés y los
niños. Admitir esta dependencia necesaria puede ayudarnos a ver con claridad lo equivocadas que
están aquellas actitudes políticas según las cuales, para cumplir las propias obligaciones, basta
con abstenerse de intervenir en determinados temas. Esta relación de dependencia que se aprecia
respecto de los más pequeños, nos muestra que también nuestros conciudadanos pueden tener
ciertos derechos morales que les son imprescindibles para vivir. Todas las personas poseen
derecho a la manutención, a un hogar, a atención médica, derechos que son condiciones necesarias
para la vida y el desarrollo, y que, cuando existen los medios, no hay excusa posible para
incumplirlos
107
.
La persona maternal procura el bienestar y la felicidad de otro ser humano, está sujeta a las
continuas exigencias y expectativas de los demás.
106
Un punto de vista opuesto se halla en Howard Cohe, Equal Rights for Children (Totowa, N.J.: Littiefield,
Adams, 1980).
107
Para un estudio más detallado de este tema véase Held, Rights and Goods.
99
En quinto lugar, la relación entre persona maternal e hijo otorga una comprensión de los
privado muy distinta a la del punto de vista liberal. Una posición en la que los demás no puedan
exigirnos nada es un extraño lujo, no es normal. Ser una persona maternal significa estar sujeto
a las continuas exigencias y expectativas de los demás. Tanto las personas maternales como los
hijos necesitan disfrutar del ámbito privado.
Llegados a este punto, hemos obtenido un concepto de nuestra individualidad y de nuestro
yo totalmente diferente del que obtendríamos si hubiéramos partido del individuo autosuficiente
en el llamado estado natural. La condición natural de la persona que realiza un contrato es vista
en términos de individualidad y vida privada, y el problema se plantea a la hora de construir la
sociedad y el gobierno. Desde el punto de vista de la relación entre la persona maternal y el hijo, el
problema es inverso. La condición inicial es de dependencia, y el problema consiste en hacerse uno
mismo individual y autosuficiente. El niño debe ir haciéndose gradualmente más independiente.
Para la persona maternal el compromiso consiste en liberarse de una obligación que le absorbe.
Para ambos, el proceso va desde un estado de sociabilidad dependiente hacia una mayor
individualidad. Esta nueva concepción del yo debe afectar enormemente a nuestras
conceptualizaciones acerca de lo que consideramos impersonal y público en el ámbito de la
política y en el familiar.
En sexto lugar, la relación entre persona maternal e hijo proporciona una comprensión del
poder diferente de aquella que habitualmente se tiene, es decir, la capacidad que posee una
persona para someter a otra a su voluntad. En ocasiones se buscó como solución un equilibrio de
poder, de manera que pudieran forjarse acuerdos y se evitase así el conflicto. Pero la relación
maternal conlleva un entendimiento diferente del poder. El poder que posee la persona maternal
frente al hijo no es demasiado útil para conseguir el objetivo que se persigue en este tipo de
relaciones. La persona maternal busca aumentar el poder del niño para que éste actúe
responsablemente. No desea hacer uso de su poder frente al niño. Cuando el niño es físicamente
más débil, como ocurre durante la infancia o en caso de enfermedad, puede dominar la atención
y el cariño por parte de la persona maternal. La postura que ésta a su vez adopta es de
vulnerabilidad ante las necesidades y la debilidad del niño; teme por él hasta que sea capaz de
valerse por sí mismo. Es evidente que por una deformación de esta relación pueden darse
situaciones de dominación, pero no debería ser así. Las concepciones del poder con las que estamos
familiarizados desde Hobbes, Locke, Hegel y Marx son de poca ayuda para comprender la clase de
poder que media en esta relación
108
. Se ha argumentado que la experiencia de tener un hijo, del
esfuerzo y sufrimiento de darle vi da, de amamantarlo, hace que las madres sean especialmente
sensibles a los llantos y necesidades del niño. Con ello las personas maternales se hacen sensibles
a las exigencias de la moral. No se trata, sin embargo, de una moral que persiga reglas abstractas
y universales, sino de la exigencia de atender a seres humanos concretos que se hallan en relación
con nosotros. El punto de vista tradicional, reiterado en los estudios psicológicos de Laurence
Kohiberg, de que las mujeres son menos aptas que los hombres para ser guiadas por las más altas
formas de moral, sería sólo plausible si la moral consistiese en reglas abstractas y racionales del
principio puro y perfecto
109
. Para la moral tradicional, en la que se reconoce cada vez con más
claridad un punto de vista masculino, parece existir tan sólo el principio puro del legislador
108
Temas similares se hallan en Nancy Hartsock, Money, Sex, and Power: Toward a Feminist Historical
Materialism (Nueva York: Longmans, (1983); y Sara Ruddick, Material Thinking en Trebilcot, Mothering.
109
Otros ejemplos de la opinión de que las mujeres carecen de la capacidad de los hombres para comprender
la moral y actuar moralmente pueden verse en, e.g., Mari Mahowaid (ed.) Philosophy of Moral Development
(San Francisco: Harper and Row, 1981), y L. Kohiberg y R. Kramer, «Continuities and Discontinuities in
Child and Adult Moral Development», Human Development. 12 (1969): 93-120.
100
racional o el propio interés del contratante individual. Existe la irreal universalidad de todo o el
auténtico per se del interés individual.
A los hombres jóvenes se les estimula a que olviden su antigua carencia de poder y que asuman
una posición de igualdad o de superioridad.
Ambas posturas, sin embargo, soslayan la acción por lo otros seres humanos reales en
contextos reales. Las personas maternales no pueden ignorar las particularidades de cada niño al
cuidarlo. Por ello, para las personas maternales, la moral no puede ser adecuada si no ofrece más
que unas reglas ideales para situaciones hipotéticas; la moral debe conectar con el contexto real de
los seres, no puede ser exclusivamente un mero convenio entre partes contratantes.
La moral que puede ofrecer su luz para aquellos que ejerzan la maternidad debe ser una
moral superior, basada en el cariño y la preocupación por los demás, que reconozca las
limitaciones tanto del egoísmo como de la justicia perfecta
110
. Si nos aproximamos a las teorías
sociales y políticas compatibles con semejante visión de la moral, veríamos que tendrían que
diferir no sólo de los modelos patriarcales de las concepciones precontractuales, sino también de
los modelos contractuales dominantes en el pensamiento actual
El punto de vista del niño
¿Qué ocurre con el punto de vista del niño? Una de las características más sobresalientes de
la relación entre persona maternal e hijo es la relativa indefensión de este último. Pasarán años
antes de que el niño pueda estar en igualdad de condiciones frente a la tutora, aunque sólo sea en
cuanto a fuerzas físicas, por no hablar del poder económico, social y psicológico. Cualesquiera que
sean las exigencias que el niño le plantee a la persona maternal, éstas deben basarse en algo más
que en una superioridad de fuerzas, y el niño debe confiar en el control de alguien que podría, pero
no desea, causarle daño.
La persona maternal busca aumentar el poder del niño para que éste actúe responsablemente
El niño, en relación con la persona maternal, se halla en la mejor posición posible para
reconocer que la razón no es equivalente a la fuerza, que el poder no equivale a la moral misma.
Convertirse en una persona no es tanto aprender una moral que se enseña como desarrollar la
habilidad de decidir por uno mismo lo que la moral nos exige. Los niños acaban superando a las
personas que los educaron en la medida en que llegan a ser autónomos.
La concepción de una sociedad construida sobre contratos es contraria a una sociedad basada en
la confianza y el afecto mutuos.
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Para una discusión más detallada sobre el tema, véase Virginia Held, «Feminism and Moral Theory», en
Kittay y Meyers (eds.), Women and Moral Theory.