Pero antes de ocuparnos de Husserl, tenemos que remontarnos más atrás a quien fue su
inspirador: el filósofo francés René Descartes quien inaugura la filosofía moderna con su
declaración: ''Pienso, luego existo''.
Con esa declaración Descartes situó a la conciencia en el centro de la escena. Esto tuvo varias
consecuencias:
La conciencia es aquello de lo que se tiene mayor certeza. No puede dudarse de ella, ya que
el solo hecho de que uno se pregunte si tiene una mente, demuestra que la tiene.
Conocemos mejor nuestra conciencia que el mundo físico, ya que cuando conocemos los
cuerpos físicos, lo hacemos a través de la conciencia.
Por el hecho de pensar uno puede deducir con certeza que existe.
Descartes llegó así a la conclusión de que todo conocimiento podría deducirse de la certeza
de la conciencia, y toda ciencia debía edificarse sobre esa certeza.
Este fue un comienzo auspicioso para la conciencia, pero por desgracia a principios del siglo
XX las cosas no le iban tan bien.
Freud la había denegado, diciendo que sólo interesa lo inconsciente, o sea, lo que no está en
la conciencia.
Marx la tiró a la basura diciendo que la conciencia no es más que falsa conciencia.
Y la nueva psicología conductista negaba totalmente su existencia. Más aún, hasta los
sicólogos que creían en ella y la buscaban tenían dificultades para encontrarla.
Pero Edmund Husserl discrepaba. Decía que lo que se necesitaba era un método que
exhibiese las características subjetivas de la conciencia, así como su estructura objetiva, y eso fue lo
que la fenomenología se propuso obtener.
Hay dos etapas en este proceso. La primera es la descripción cuidadosa y detallada de la
forma en el que el mundo se presenta en la conciencia con todas sus estructuras, sutilezas y
exageraciones.
El segundo nivel es más técnico: su propósito es establecer una descripción pre-teórica de los
diversos actos de conciencias y sus objetos. Es pre-teórica porque intenta lograr una descripción de
los actos de conciencia, no una teoría de la conciencia. Las teorías de la conciencia siempre
contienen referencias puramente teóricas, que no están efectivamente presentes en la conciencia,
como el ''inconsciente'' de Freud o las neuronas y sinapsis de las teorías que pretenden explicar
cómo produce el cerebro la conciencia.
Se propone liberarse de todos supuestos, porque los supuestos son presupuestos por ciertos
estados de conciencia, pero no en ciertos estados de conciencia.
Por ejemplo, cuando un alumno va a clases, presume, pero no piensa conscientemente que
todos sus compañeros estarán vestidos, que la profesora se ubicará frente a los alumnos, y que ella
les hablará en español y no, digamos, en mandarín. Este objetivo de prescindir de los supuestos se
logra mediante lo que Husserl denomina ''suspensión fenomenológica'' del juicio o ''puesta entre
paréntesis''. O bien lo llama '' epoché'' utilizando la palabra griega ''suspender''.
Ver algo como un lápiz es ver su utilidad para escribir. Ver gestos es interpretar si son
cordiales o amenazadores.
Así, la conciencia es ''puesta entre paréntesis'' y separada del resto del mundo. Lo que se
suspende es la relación normal entre la conciencia y ''el mundo''.
La finalidad es lograr lo que más se parezca a un ''ojo inconsciente'', que es lo que vuelve a
los niños ''fenomenólogos'' más naturales que los adultos.
Si suspendemos nuestra conciencia del tiempo descubrimos, según Husserl, que se lo
vivencia en dos niveles: el tiempo ''del reloj'' y el tiempo ''vivido''. El tiempo del reloj es una capa
cultural que debemos inculcar a nuestros hijos y en la que quedamos sumidos cuando somos
adultos. En cambio, el tiempo vivido es el tiempo tal cual se lo experimenta antes de cualquier
abstracción. Comprobamos entonces que en el tiempo vivido hay un eterno ''ahora''. Esta es la
manera en que los bebés y niños vivencian el tiempo antes de que los forcemos a adaptarse al
tiempo del reloj
Análogamente, el análisis fenomenológico del espacio revela que por detrás del ''espacio
cartográfico'' está el ''espacio vivido'': un aquí ubicuo, con respecto al cual todo lo demás está ahí, a
una distancia variable. Según Husserl, la experiencia del aquí-ahora es la base fenomenológica de
toda conciencia. Trató de inferir un ''yo puro'' o ''ser propio absoluto'' del estudio fenomenológico de
la conciencia pura, más o menos como Descartes había deducido la individualidad de la conciencia,
trescientos años atrás con su ''pienso, luego existo''.
La transcendencia del yo.
En su breve obra de 1937 , Sartre recurre al método fenomenológico a fin de inspeccionar la
conciencia, pero los resultados a los que llega son muy distintos de los de Husserl.
Comencemos por definir dos de los términos fenomenológicos de Sartre: La con ciencia
refleja y la conciencia no refleja.
La conciencia no refleja es la vida cotidiana. Supongamos que estoy caminando por la
calle hacia la parada del colectivo. Advierto que comenzaron a aparecerse brotes primaverales en
los arboles; veo algunas chicas atractivas miro las vidrieras y observo una corbata que me gustaría
tener. Aquí mi conciencia son los arboles, la gente y la corbata. Sartre dice que en esta conciencia
no refleja no existe ningún yo .
Al dar vuelta la esquina me enfurezco al ver que perdí el colectivo. Miro el reloj y noto que
olvide de poner la alarma para saber a que hora pasa. Me enojo con migo y con mi estupidez. Ahora
estoy pensando en mi propio pensamiento. A estos pensamientos sobre uno Sartre los denomina
conciencia refleja.
Entonces:
CONCIENCIA NO REFLEJA...................COLECTIVO QUE DEVO TOMAR.
CONCIENCIA REFLEJA.......................... YO Y MI ESTUPIDEZ.
El ser propio puede hallarse en la conciencia, pero solo ahí, y solo en la medida en que yo
permanezca en la conciencia refleja. Tan pronto me distraigo y vuelvo a mi conciencia no refleja, ya
no me percato mas de mi propio ser.
Esta distinción apunta a mostrar que Descarte se equivocaba, como también Husserl después
de el. Del yo pienso no puede deducirse el yo existo. No hay ser propio en el pensamiento,
salvo en la conciencia refleja. Pero en rigor es mas infrecuente que la conciencia no refleja. Tal vez
descartes tenia que haber dicho: pienso, luego hay pensamientos.
En vez de encontrar en la conciencia un yo absoluto, como había hecho Husserl; Sartre
declara la ausencia del yo. Dice que la conciencia es una espontaneidad impersonal creada de la
nada, una creación incansable que inunda al yo
El yo no puede hacerle frente a esta espontaneidad monstruosa y entonces busca algo así
como el inconsciente freudiano para culparlo de ella. Pero no necesitamos inventar ningún
inconsciente para explicar estas alteraciones. Ellas son parte de la conciencia misma (partes que
procuramos esconder de nosotros mismos porque nos aterran).
En rigor, dice Sartre, que tal vez el papel esencial del yo es enmascarar para la conciencia su
propia espontaneidad. Si es así, le será muy difícil a Sartre caracterizar a un yo autentico, un ser
propio de buena fe como lo llamará.
A fin de esclarecer este rasgo de conciencia, Sartre nos cuenta de un paciente del psicólogo
Pierre Marie Janet: Una joven esposa tenia terror de que cuando su marido la dejase sola, se fuera
a sentar junto a la ventana para atraer a los transeúntes como una prostituta. Esta joven quizás
enfadada por la poca atención que le prestaba su marido, puede haberse dicho a si misma: Soy
capaz de conquistar cualquier hombre tan solo haciéndole seña desde mi ventana.
La posibilidad que acaba de entrar en su mente la aterroriza porque, porque sabe que podría
ponerla en practica.
Esta enfermedad Psicasténica, según la denomina Sartre, es en realidad solo una
exageración de la situación normal de la mente, pues la conciencia es un vértigo de posibilidades
que demuestra que somos libres.
Piensen en la ocasión en que sus padres iban conduciendo por una carretera, de noche, bajo
la lluvia y de vez en cuando se cruzaba con un vehículo que venia en sentido contrario. Uno de ellos
tenia las luces altas encendidas. Le hizo un guiño con sus luces para que la apagase, pero el otro
conductor no lo hizo. Los faros lo encandila y sus padres se enardecen. Cuando se aproxima, su
padre piensa que lo va a aplastar. Tan pronto se le ocurre esa idea suicida, su padre se aferra al
volante con fuerza.
¿Por qué? ¡ Para impedir que su padre concrete el propósito¡
Estamos experimentando el vértigo de las posibilidades; nuestra libertad, y nos aterroriza.
Esta idea sartreana provine de un pequeño libro del filósofo danés Kierkegaard llamado el
Concepto de la angustia.
A Kierkegaard se lo llamo el padre del existencialismo; pese a la discrepancia entre un
cristianismo a ultranza y el ateísmo a ultranza de Sartre, fue uno de los mentores de este.
Pretendió que su libro fuese una reflexión psicológica sobre el pecado original.
Kierkegaard imagina a Adán en el Jardín del Edén. Aunque es inocente y dichoso, una leve
sombra es alojada sobre su contento, aunque no puede descubrir la fuente de su inquietud. Al fin
llega el desenlace cuando Dios le ordena no comer del árbol del conocimiento. Quizás a Adán ni se
le había ocurrido hacerlo, pero en cuanto Dios se lo prohibe, sabe que puede hacerlo, ( o sea que es
libre de hacerlo); y en cuanto sabe que puede, sabe también que probablemente lo hará. Para
Kierkegaard, pues el pecado original no es sino la angustia o terror de Adán cuando se enfrenta
con su propia libertad (terror que cada uno debe experimentar al enfrentarme con su libertad
personal).
Según Sartre, esta teoría es confirmada por la fenomenología, que además descubrió que la
angustia frente a la libertad es fundamental para la conciencia. Descartes había creído descubrir el
yo en el fondo de la conciencia; Sartre solo encuentra ahí la angustia.
Para Husserl, la epoché era una herramienta filosófica capaz de liberar a la conciencia de las
limitaciones practicas. Para Sartre es mucho mas que eso. A veces la conciencia se libera así misma
en un suceso que constituye una epoché espontanea, solo que esta, puesta entre paréntesis, no se
vive con serenidad filosófica, sino mas bien, con terror.
Tal vez sea en sus novelas donde Sartre describió estas experiencias que todos padecemos en
ciertas ocasiones pero que procuramos marginar, ignorar, olvidar (respuesta a la que Sartre se
resiste)
La Nausea
En la náusea, de Sartre de 1938, su personaje Roquetín esta viajando en tranvía, mirando por
la ventanilla, cuando de pronto pierde el contexto y le parece que......... los extremos, no el tranvía
los que se mueven. Esto le provoca una experiencia del tipo de la Epoché, que los estremece. Pone
la mano en el asiento, pero lo siente ajeno a él: no siente el asiento mismo sino su existencia.
Repliega rápidamente la mano, mientras se dice que es un asiento, algo fabricado para que la gente
se siente sobre él. Trata de serenarse apelando al lenguaje. Es un asiento, dice, pero esta palabra
se queda en mis labios, se niega a depositarse en el objeto.
Roquetín dice, que le asiento, sobre el que está, bien podrá ser el vientre hinchado de su
caballo muerto El lenguaje no le sirve. Afirma: Las cosas están divorciadas de sus nombres
Estoy en medio de las cosas innominadas. Solo, sin palabras, desprotegido, ellas me rodean, están
debajo de mi, detrás, encima.
En otro lugar de la nausea Roquetín registra en su diario lo que sintió mientras estaba sentado
en un banco del parque, mirando las raíces de un árbol.
De pronto el velo se desgarro y comprendí, y vi... Las raíces del árbol hundidas en la tierra
justo debajo de mi banco pero yo ya no recordaba que eran raíces. Las palabras de habían
evaporado y con ellas la significación de las cosas, los procedimientos para usarlas y los débiles
puntos de referencia que los hombres habían trazado en su superficie. Yo estaba sentado, con la
cabeza gacha, inclinado hacia delante, solo frente a esta mas nudosa, totalmente bestial, que me
aterrorizaba. Fue entonces cuando tuve esa visión, que me dejo alelado. Nunca, hasta estos últimos
días, había entendido el significado de la existencia.
Antes- confiesa Roquetín- había usado el verbo SER pero este no designado nada. Cada vez
que decía el mar es verde o esa mancha ahí arriba es una gaviota, el verbo nombraba una
categoría vacía.
Para entender lo que quiere trasmitir Sartre, probemos con este experimento.
Experimento 2
Los conceptos designan lo que tienen en común todos los miembros de una misma clase. Son,
pues, siempre abstracciones. Pero Roquetín había descubierto que la existencia no es un
concepto. Nunca es abstracto, es siempre concreta.
Entonces, el ser no puede ser pensado, solo puede encontrárselo.
Según Sartre, nunca o casi nunca enfrentamos la realidad (lo que Sartre llama ser en si) de
modo directo, si no a través de las instituciones humanas que en rigor más que revelarla la
encubren. El pensamiento humano versa habitualmente sobre el pensamiento: es un sistema
autoreferente, infinito, no preparado para referirse, más allá de si mismo, a la existencia real. Pero le
hace decir a Roquetín que la palabra existencia no designa nada.
Lo que ocurrió en el caso de Roquetín es que el mundo del lenguaje, las instituciones y las
justificaciones se derrumbó de pronto como absorbido por un agujero y en su epoché espontáneo
Roquetín se confrontó súbitamente con el ser en si, despojado de todo camuflaje artificial. No es
esta una experiencia del todo positiva. Escribe Roquetín:
Y entonces, de súbito, ahí estaba, clara como el día: la existencia se había sacado el velo
repentinamente. Había perdido el aspecto inofensivo de una categoría abstracta. : era la sustancia
misma de las cosas... la diversidad de los objetos, su individualidad, era todo una experiencia, un
barniz. Y este barniz se había fundido, dejando tras de si monstruosas masas blandas en total
desorden...desnudas, con una terrible y obscena desnudes.
Reflexionando en el cuarto de su hotel sobre la experiencia que tuvo en el parque Roquetín
arriba a varias intelecciónes filosóficas. La primera es la superfluidad de todo ser, incluido el suyo
propio, que en ese momento siente como un exceso un agregado necesario. Pero no es solo su
propio se superfluo sino la existencia entera.
Escribe: Bajo mi pluma, cobra vida la palabra absurdo; hace poco, cuando estaba en el
parque, no podía encontrarla, aunque tampoco la buscaba, no la precisaba: pensaba sin palabras,
sobre las cosas y con las cosas... De hecho, todo cuanto puedo captar mas allá vuelve a este
absurdo fundamental. Absurdo: otra palabra. Estoy luchando con las palabras, mientras que ahí
toque la cosa misma.
No se trata de un absurdo relativo sino absoluto (la mayoría de las cosas absurdas son solo
con relación al contexto). Las piruetas de un payaso son absurdas con referencia a la seriedad de la
vida cotidiana. Una oración únicamente puede ser absurda si se la considera en conjunto con el