En suma, para tener una vida feliz es requisito indispensable el gozar de buenas
relaciones humanas.
Por otra parte la eficiencia y productividad en empresas e instituciones diversas (clubes
deportivos, instituciones vecinales, etc.) tienen como factor de primera importancia la
constitución de equipos de trabajo que tengan buenas relaciones humanas. Porque en
ambientes conflictivos y con discordias en que predominan los antagonismos,
resentimientos y desconfianza sucede precisamente lo contrario. Lo que impulsa cada
vez más a ejecutivos y directivos tanto a aplicarse en propia capacitación en relaciones
humanas, como a la puesta en práctica de programas destinados a mejorar el respectivo
clima organizacional.
En el deseo de aportar los conocimientos que permitan abordar con éxito estas distintas
problemáticas, ofrecemos el material que se encuentra en este espacio virtual y, además,
servicios de consultoría y asesoría individual, conjuntamente con cursos en la
modalidad de educación a distancia.
La Comunicación También Es Un Recurso De La Empresa
Comencemos por reconocer que en toda organización existe comunicación aunque no
haya un departamento de comunicaciones. Entonces, ¿por qué ocuparse de algo que
siempre funcionó sin que nadie moviera un dedo? Dígame con franqueza, ¿no cree que
la empresa ya tiene demasiadas preocupaciones como para sumarle una nueva? Además
de tener que pensar en cómo aumentar la productividad, ganar nuevos mercados y lograr
convenios con los sindicatos... ¿ahora le pide que también dedique tiempo y esfuerzo a
algo tan "inmaterial" como la comunicación?
Espere un segundo, no se precipite. Vayamos paso a paso y veamos si podemos
demostrar que trabajar en pos de una buena comunicación no es una acción contraria a
los objetivos del negocio.
En primer lugar, es verdad: la comunicación existe en las organizaciones por más que
nadie se ocupe de ella. ¿Así de simple? No, porque precisamente esta "naturalidad" es
su talón de Aquiles. Dicho de otro modo, es obvio que si nadie se encarga del área
administrativa, los pagos y los cobros no se van a hacer solos. En cambio, la
comunicación, al ser una actividad espontánea y multidimensional, tiende a ignorarse.
En segundo lugar, proponerle a la organización que tome las riendas de la comunicación
no es agregarle un nuevo problema sino abrirle los ojos para que aproveche un recurso
que siempre tuvo pero que nunca utilizó conscientemente. Parece extraño, ¿no es cierto?
Es como si de golpe uno revelara que las computadoras pueden funcionar mejor si se las
enciende. No obstante, nuestra propuesta no es tan sencilla como apretar un botón,
porque antes de pedirle a la empresa que explote alegremente los beneficios de la
comunicación, es necesario dar un paso previo y demostrar que ésta también es un bien
que puede y debe ser explotado. (Alguien podría preguntarse por qué se da esta
"invisibilidad" de la comunicación como recurso. Permítame ensayar una respuesta
poética y decir que tal vez sea por el mismo motivo por el que los peces no pueden
pensar acerca del agua: porque es su ambiente.)
Con respecto al último punto, el de la "inmaterialidad" de la comunicación, digamos por
ahora que la prohibición de Parménides de pensar la nada no se aplica en este caso. Que
algo sea intangible no significa que no sea real.
En suma, el problema de la "naturalidad" de la comunicación y de su "invisibilidad"
como recurso, son dos aspectos que, después de todo, no son más que uno. Por
consiguiente, de lo que se trata no es de abandonarse a la pura contemplación estética de
la interacción humana ni mucho menos aplicar una concepción espontaneísta o innatista
de la comunicación. Por el contrario, la alternativa es proponer una intervención basada
en la acción y no en la omisión, y alertar que el acto de comunicar entraña dificultades y
demanda esfuerzo, idoneidad y coherencia.
Espere, no cante victoria... ¿usted cree que lo que acabamos de decir es suficiente? Le
agradezco su fe, pero lamento decepcionarlo: la mayoría de las empresas están
convencidas de que se comunican correctamente y de que la comunicación interna no es
más que una "moda" importada del Primer Mundo.
Más allá del prêt-à-porter, planificar la comunicación no es desnaturalizar una práctica
ni ponerle una camisa de fuerza a la interacción humana. Tal vez sobrevuele la idea,
grosso modo, de que el fin es "cerrar bocas", limitar lo "decible" y, por consiguiente, lo
"pensable". Muy por el contrario, el objetivo es generar más y mejor interacción entre
los participantes de la organización, ya que en la mayoría de los casos el sector de
Finanzas no tiene ni idea de lo que hace el área de Producción, nadie puede hablar con
los directivos, no se conoce cuáles son los objetivos para el año próximo, etcétera.
Por todo esto, vale recordar que no se llega a conformar una organización por el simple
hecho de trabajar en una misma compañía o bajo un mismo techo. Dijimos que la
esencia de la organización era la comunicación (como el agua para el pez);
agreguemos ahora que de ésta se desprende siguiendo su raíz etimológica los
conceptos de "común" y de "comunidad". Ahora bien, como advierte John Dewey en su
libro Democracia y educación, las personas pueden trabajar por un mismo fin, como las
partes de una máquina, sin por eso llegar a constituir una comunidad. La clave para
lograrlo es reconocer ese fin común y regular la actividad específica en vista de él. Sin
duda, esto supone comunicación. Por eso nuestro autor concluye que cada persona debe
conocer lo que conocen los demás y además poseer algún medio para mantenerlos
informados respecto a sus propios propósitos y progresos.
Abro un interrogante: ¿En nuestra empresa trabajamos en comunidad? Voy a ser más
específico: La comunicación que diariamente alimenta nuestra organización, ¿nos
pone en común?, ¿está siendo verdaderamente aprovechada como recurso?
Para finalizar, quisiera señalar que uno de los objetivos estratégicos que cumple la
comunicación es el de aumentar la productividad, ya sea eliminando los dobles
procesos, asegurando el envío de información en tiempo y forma o, por ejemplo,
mejorando el clima interno. No obstante, por primera vez en la historia la cultura
occidental está produciendo más información de la que el ser humano puede
humanamente consumir. Día tras día se teje una densa red de signos que nos deja
atrapados sin la posibilidad de interpretarlos ni reelaborarlos. Tal vez la paradoja no sea
más que una estrategia de los medios masivos y de hecho lo es, pero lo cierto es que
el exceso de información nos desinforma.
¿Por qué me detengo en este análisis? Porque a partir de la estimulante e imprecisa
receta positivista más comunicación = más productividad, muchas empresas caen
víctimas de la paradoja que mencionamos anteriormente: más comunicación = menos
productividad.
Saquemos algunas cuentas. Diariamente, un empleado promedio puede recibir:
20 correos electrónicos
1 carta
4 faxes
5 post-it (se los dejaron pegados en el monitor cuando se fue a almorzar)
30 llamados telefónicos
6 mensajes en su buzón de voz (se los dejaron grabados mientras atendía los
otros 30 llamados)
Además, 8 personas se le acercaron personalmente para hacerle una consulta y
estuvo 45 minutos reunido con su jefe debatiendo sobre la Inmortalidad del
cangrejo del Mar Caspio
Después de hacer todo esto, ¿cuánto tiempo le quedó para trabajar? Sí, sí, ya sé que si
estoy pregonando las ventajas de una organización comunicativa no puedo ahora
alarmarme por el hecho de que la gente se comunique mucho. Pero justamente ese es el
error más frecuente: creer que más comunicación significa automáticamente mejores
resultados. En todo caso, la pregunta clave de este proceso gira en torno al valor de lo
que se comunica. Volviendo a nuestro ejemplo anterior, quizá a esa persona le dijeron
cincuenta veces las mismas cosas pero nunca le brindaron la información que realmente
necesitaba o nunca le permitieron opinar sobre aquello que le decían.
En resumen, la empresa no puede decidir si hace o no hace comunicación interna.
Siempre, y mal que le pese, estará comunicando. Por lo tanto, debe abandonar la mirada
naturalista de la comunicación y trabajar activamente en la elaboración de una política
y de un plan que le permita aprovecharla para obtener más y mejores resultados. Esta
revalorización irá indefectiblemente de la mano del redescubrimiento de la
comunicación como recurso y bien estratégico. No obstante, será necesario no saturar
las arterias de la organización con litros de comunicación de escaso valor ni acotarla a
simples envíos de información unidireccional.
Ya se lo había dicho: el acto de comunicar entraña dificultades y demanda esfuerzo,
idoneidad y coherencia.
Investigación desarrollada y enviada por: Javier Fajardo
fajardojavier@yahoo.com