Investigación desarrollada y enviada por: Carlos Huertas
huertas07@gmail.com
La psicología social es una disciplina que pese a los importantes avances que
ha alcanzado en Europa y en Norteamérica no goza, en nuestro contexto, ni del
prestigio académico ni del reconocimiento social necesarios para estimular su
desarrollo e instauración en las insipientes comunidades científicas locales.
Entre las muchas razones que podrían explicar este hecho, encontramos el
predominio del enfoque clínico individualista que, por las limitaciones de sus
modelos de análisis y por la naturaleza de su práctica, excluye del estudio de la
subjetividad los aspectos correspondientes a los contextos social, histórico y
cultural. Desde esta perspectiva, la psicología social es percibida como una
apéndice en los planes de estudio y, por consiguiente, entra a ocupar un lugar
secundario en la formación profesional del psicólogo. Prueba de lo anterior, es
que en este momento no existe en Colombia ninguna oferta de formación
posgradual en esta área y, al no contar con el número suficiente de
especialistas, resulta casi imposible crear las condiciones necesarias para
avanzar en el planteamiento de nuevas soluciones a los problemas crónicos
que hacen parte de la vida cotidiana de nuestra sociedad.
Paradójicamente, podemos decir que lo « psico-social » esta de moda. Basta
con revisar la producción literaria de los últimos cinco años para constatar
como este prefijo es añadido a cualquier tipo de intervención o de programa
comunitario. Solo que, en la mayoría de los casos, ni el planteamiento ni el
diseño corresponden al punto de vista de la psicología social ; el cual queda
reducido a la simple combinación de la atención psicológica individual con la
implementación de actividades de intervención grupal.
Si bien este hecho no se traduce en un desarrollo disciplinar representa, al
menos, el primer paso en la legitimación social de este enfoque. Avance, que
no surge de la actividad académica disciplinada y organizada de los psicólogos
sociales colombianos sino de la crudeza de nuestra realidad social cuya
complejidad pone en evidencia las limitaciones teóricas y metodológicas de los
modelos de análisis que tradicionalmente han sido aplicados a la comprensión
de « lo » social. Recordemos que el reduccionismo en las ciencias sociales
solamente puede tener un alcance de tipo corporativo, en la medida en que
sirve para posicionar social y laboralmente a los seguidores de tal o cual
corriente de pensamiento. Al menos, eso es lo que intento dejarnos como
enseñanza Thomas Kuhn y lo que, en la práctica, ha sido corroborado por el
programa duro de la sociología del conocimiento. Luego, una cosa es la
psicología social dentro de un panorama internacional y otra la psicología
social colombiana: allí una disciplina que por su tradición científica ha
demostrado la pertinencia de sus planteamientos, aquí una disciplina en
proceso de consolidación.
Dentro de este proceso de consolidación, se hace necesario proponer espacios
de debate como este, en los que se puedan discutir ampliamente en torno a los
fundamentos, los métodos y las prácticas de la disciplina. En esta ocasión nos
ocuparemos, entonces, de reflexionar sobre algunos aspectos histórico-
epistemológicos de la psicología social cognitiva.
Antes de comenzar, valdría la pena llamar la atención sobre la importancia de
este tipo de análisis. En primer lugar, porque los psicólogos no somos muy
amigos de las reflexiones filosóficas, a las cuales solemos atribuirles un valor
meramente especulativo y, en segundo lugar, porque sencillamente en la
época actual las preguntas por las razones y los fundamentos de las teorías
científicas van en contravía de l'air du temps, aire enrarecido por la ideología
posmodernista que al intentar liberarnos de la tiranía de la razón nos ha
condenado a vivir en un nihilismo extremo que tiene graves repercusiones en
cuestiones de tipo moral, político y social.
Generalmente, la problematización epistemológica de una disciplina solo puede
hacerse a posteriori; una vez que esta haya alcanzado el grado de madurez
necesario para establecer el balance general de sus tendencias, sus influencias
y sus desarrollos teórico prácticos. Es por eso que, frente a la psicología social
colombiana, nuestros investigadores han comenzado a realizar estados del arte
que permitan el trazado de una cartografía que sirva de soporte para realizar,
en un segundo momento, análisis de tipo meta teórico y de crítica de las ideas.
A estas alturas, nos podemos plantear la siguiente pregunta: Para qué le sirve
a un psicólogo social interrogarse sobre la naturaleza de las cuestiones que su
disciplina intenta resolver y sobre las condiciones bajo las cuales estas
preguntas pueden recibir respuestas susceptibles de validación, tanto a nivel
teórico, como conceptual y metodológico? Este planteamiento, que
corresponde al propósito central de La miseria del historicismo (1959), de Karl
Popper y que, posteriormente, fue retomado por el brillante sociólogo frances
Raymond Boudon en La place du désordre (1984) para criticar las teorías del
cambio social, nos sirve para justificar nuestra propuesta.
En primer lugar, si aceptamos la idea de que es posible aplicar la noción de
progreso a la actividad científica, podemos decir que sin la crítica racional de
las ideas es prácticamente imposible establecer los límites de las
construcciones teóricas. Con frecuencia, el afán de obtener resultados rápidos
en materia investigativa nos impide realizar un examen detallado de los
presupuestos y de los conceptos que le sirven de soporte. Esta omisión, nos
conduce a sobreestimar el alcance de las conclusiones obtenidas hasta un
punto tal en que los programas de investigación comienzan a recorrer los
mismos lugares comunes, convirtiéndose en ejercicios mentales totalmente
predecibles, ya que pierden la capacidad de realizar aportes novedosos a la
solución de sus problemas.
Con el fin de avanzar en el propósito que nos hemos trazado, comencemos con
una aproximación general a la ciencia cognitiva. La emergencia de las Ciencias
cognitivas en la primera mitad del siglo XX puede ser considerada como un
hecho revolucionario en la historia de la ciencia contemporánea. Aquí, el
concepto de revolución admite ser interpretado tanto en el sentido amplio como
en el sentido estricto del término. Usualmente, la palabra revolución, suele ser
utilizada como sinónimo de ruptura, aunque etimológicamente signifique
«
volver sobre sí mismo »; en este sentido, hablamos de la revolución
copernicana, de la revolución China, de la revolución sexual, política, cultural
etc. En todos estos casos, el elemento constante es la existencia de un periodo
anterior al cambio y de un después en el que se instaura un nuevo orden
totalmente distinto al que lo precedía. Para el historiador de las ciencias T.S.
Kuhn (1983), las revoluciones científicas consisten en « la substitución, parcial
o total, de un paradigma tradicional por un nuevo paradigma incompatible con
el anterior »( p.133), debido a que el gran número de anomalías contenidas en
sus planteamientos disminuye su eficacia en la resolución de enigmas ; en este
sentido, la « anomalía » representa los limites explicativos o interpretativos de
la « ciencia normal » cuya presencia crea las posibilidades de nuevos
descubrimientos científicos que conducen a la renovación de los paradigmas.
(cf. Capítulo V). Enunciada en estos términos, la revolución científica trasciende
el nivel formal de la investigación, convirtiéndose en una nueva manera de
percibir el mundo.
Sin embargo, en la práctica, resulta demasiado honeroso, por no decir que
imposible, aplicar in extenso este modelo convencionalista al análisis la
revolución cognitiva, en la medida en que los periodos de « crisis » y de
«
normalidad » científica no describen, en el curso de su evolución, una
trayectoria lineal ; al contrario, como lo dice Popper (1957) , « las ciencias viven
en una revolución permanente » p. 61, lo cual significa tres cosas : primero,
que las crisis no representan momentos excepcionales en la historia de las
ciencias ; segundo, que la idea de normalidad no es más que una abstracción y
tercero, que la suplantación de un paradigma por otro no se presenta
abruptamente, sino que se dá por etapas. Con esta premisa podemos abordar,
entonces, el problema de la revolución cognitiva vinculándolo, en un primer
momento, con la psicología científica y, en un segundo momento, con la
psicología social.
El panorama de la psicología científica, hasta finales de la década del cuarenta,
estuvo dominado por el behaviorismo. El primer manifiesto en que se delimito
con absoluta claridad la noción de comportamiento fue el artículo: « Psychology
as the Behaviorist Views it », escrito por Jhon B. Watson y publicado en la
revista que dirigia el mismo, la Psychological Review. A diferencia de otros
autores que desde tiempo atras habian abordado el problema, como Pavlov,
Binet, Pierre Janet y el mismo Wundt, Watson (1913) abogaba por una
concepción que consistía en excluir de la observación científica los estados
mentales, llámense estos alma, espíritu o conciencia, para dedicarse al estudio