con la misma claridad en las orientaciones de la psicología social crítica o
sociológica; pero, en lo que respecta a la psicología social psicológica, no cabe
ninguna duda sobre rol central del cognitivismo (Fernandez, C., 2003; Paéz,
Marquez e Insua (1999) ; Alvaro, 2003).
A pesar de que términos como « cognición », « conciencia » o « mente »,
hicieran parte del vocabulario de algunos psicólogos sociales (Krech y
Crutchfield, 1948) antes de que los psicólogos experimentales los hubieran
integrado a sus modelos de análisis, no podemos concluir que dicho enfoque
se hubiese podido desarrollar sin la influencia de la revolución cognitiva. A este
respecto, nos dice Piaget (1978).
Una cosa es la reflexión, continuada o episódica, y otra muy distinta es la
constitución de una ciencia propiamente dicha, con inventario y delimitación de
problemas, y con determinación y perfeccionamiento de métodos. En términos
precisos, una cosa es el razonamiento y otra los procedimientos de
observación y sobre todo de verificación (p. 54).
Dicho de otra forma, la emergencia de estos conceptos no es una razón
suficiente para que la psicología social hubiese integrado y desarrollado el
cognitivismo. De no haber sido por la revolución cognitiva, las perspectivas
metodológicas y los elementos conceptuales, que ya desde la década del 40
hacían parte del discurso de la psicología social (Echavarria,1991), no habrían
sido más que tendencias marginales en una disciplina que intentaba abrirse
paso en un contexto adverso. En efecto, la hegemonía del positivismo ponía
gravemente en cuestión cualquier intento de introducir variables « metafísicas »
y « mentalistas » en los análisis de las ciencias sociales.
En esta etapa fundacional, los psicólogos sociales necesitan llenar de
contenido las nuevas formas de análisis de la realidad que intentan proponer. A
quién recurrir, entonces, para dar cuenta de la acción reciproca entre el evento
social y el evento psicológico,
¿a la antropología, a la sociología o a la
psicología? Por su propia situación, la antropología no esta en condiciones de
brindarle a la psicología social, de la primera mitad del siglo XX, el apoyo que
necesita. En primer lugar, porque ninguna de las dos había alcanzado un
estado de madurez suficiente como para integrar de lleno los aportes de otra
disciplina en proceso de consolidación. Queda, el recurso de la psicología
científica, el de sus objetos debidamente legitimados y avalados por el método
experimental. Es así, como la psicología social integra con mayor facilidad las
nociones de actitud, percepción, atribución, cognición y representación.
Con los aportes de la Revolución cognitiva, la psicología social va a ganar en
perspectiva y en profundidad. En perspectiva, porque en su versión inicial, el
conductismo redujo problemas tan complejos como el del aprendizaje a un
modelo unicausal, omitiendo arbitrariamente los fenómenos que tienen lugar
entre el estímulo y la respuesta. En su lugar, el enfoque cognitivista va a
introducir un componente ontológico que dotará de autonomía y de realidad a
los procesos internos haciendo de las representaciones uno de sus focos de
interés.
«El hombre de ciencia que opera en este nivel comercia con entidades
representacionales como símbolos, reglas, imágenes la materia prima de la
representación, que encontramos entre lo que afluye y lo que efluye, entre lo
que entra a la mente y lo que sale de ella-, y explora la forma en que estas
entidades representacionales se amalgaman, transforman o contrastan entre
sí.» (Gardner, 1996, p.55)
El reconocimiento de la importancia de las representaciones va a exigir una
nueva concepción de sujeto. Por razones prácticas el conductismo había
suprimido de su catálogo los estados mentales que podían interferir con la
simplicidad de su modelo de análisis. Gracias a las nuevas definiciones
cognitivas, el problema del sujeto va a ganar en profundidad al otorgársele un
rol más activo. Ahora, la recepción y el procesamiento de los estímulos se
realizan de acuerdo a sus sistemas de valores, a sus disposiciones o
creencias. A propósito de los primeros experimentos de Asch, 1946; Bruner y
Goodman, 1947; nos dice Moya, 1998, citado por Fernandez: «Percibir consiste
básicamente en formular hipótesis y tomar decisiones. Dicho proceso está
determinado por las necesidades, valores sociales, aprendizajes y, en general,
por las características permanentes y temporales de los individuos» (2004,
p.68)
Existe, por parte de la psicología social una cierta predisposición metodológica
para asimilar, con mayor facilidad, los presupuestos cognitivos que las
influencias del conductismo. La ciencia cognitiva demostró la necesidad de
abordar los problemas de la mente recurriendo a la cooperación entre las
disciplinas que tienen una relación directa con los temas estudiados. Esta toma
de conciencia, de lo que hoy expresaríamos en términos de la complejización
de la realidad, llevo a los investigadores a la conclusión de « que no hay ni un
solo enfoque que parezca poder desvelar el funcionamiento de la mente, y que
ésta no va a descubrir sus secretos solo a la psicología; tampoco nínguna otra
disciplina aislada- inteligencia artificial, lingüística, antropología, neurofisiología-
va a tener más éxito » (Johnson-Laird, P. p. 13, 1990).
Un tipo de reflexión semejante fué la que dío origen a la creación de la
psicología social. En efecto, ni la sociología ni la psicología, estaban en
capacidad de suministrar elementos de respuesta a las preguntas que
intententaba responder la psicología social. La primera, por manejar unidades
de análisis demasiado amplias y la segunda por restringir sus análisis a
variables exclusivamente individuales. Poco importa en este caso la orientación
sociológica o psicológica de la disciplina. El hecho es que se reconocieron los
límites de las explicaciones tradicionales. Luego, si lo que se quería era
ocuparse de manera constante, simultanea e interdependiente del individuo y
de la sociedad ligados por una estrecha interacción, tenían que romperse los
viejos esquemas de pensamiento y desarrollar la habilidad de combinar
aspectos extraídos de la cultura, del comportamiento y de la sociedad.
Había, entonces, un aire de familia entre la naciente psicología social y la
revolución cognitiva: las dos buscaban resolver sus enigmas mediante una
visión pluralista; y fue, por esta misma razón, que el conductismo no tuvo gran
influencia sobre la psicología social. Sencillamente porque después de haber
tomado conciencia sobre la naturaleza compleja de sus problemas, no era
posible ignorar deliberadamente la importancia de los contextos y de los
procesos mentales. La psicología social fue, según Ovejero (1980, p.393), un
oasis de libertad cognitiva en la férrea dictadura conductista » Aún un
conductista como Floy Allport (1924), al participar en el debate sobre la
psicología social, introdujo un matiz en su oposición radical al mentalismo;
llegando a considerar la introspección como una herramienta útil, al momento
de describir e interpretar los estudios de la conducta. De hecho, escribe Álvaro
«
durante el periodo de hegemonía del conductismo, la psicología social
psicológica siguió usando términos con connotaciones claramente mentalistas
y siguió prestando atención al estudio de los procesos cognitivos » (
2003,p.176). En conclusión y dicho por el propio Bandura,
«los enfoques del desarrollo de la personalidad, la conducta desviada y la
psicoterapia desde el punto de vista del aprendizaje [son validos para entender
aspectos individuales]. Pero, en términos generales, estas concepciones han
sido poco efectivas para explicar los procesos por los que se adquiere y
modifica la conducta social. [...] Para explicar adecuadamente los fenómenos
sociales, es necesario ampliar y variar estos principios, e introducir otros
nuevos ya establecidos y confirmados mediante estudios de la adquisición y
modificación de la conducta humana en situaciones diádicas y de grupo.»
(Bandura, 1963, p. 15)
Pero, si por un lado la revolución cognitiva amplio las posibilidades de análisis
de la psicología social; por el otro, las redujo. Al centrarse en los
planteamientos básicos de la metáfora del ordenador se excluyeron, de los
fenómenos estudiados, las dimensiones simbólicas, emotivas, históricas y
contextuales. Dando como resultado un programa de investigaciones en dónde
los problemas de la interacción entre lo individual y lo social se resolvían desde
un enfoque psicologísta.
Aunque este reduccionismo individualista no aparece tan explicito [como en
las primeras investigaciones], lo cierto es que sigue persistiendo en gran parte
de la psicología social esta misma visión a pesar de las transformaciones
acaecidas en el paradigma dominante de la psicología social. (Álvaro, J., 1995,
p. 51).
Este sesgo individualista puede ser explicado a partir de la relación de
contigüidad epistemológica entre la psicología científica y los propósitos de la
ciencia cognitiva. En los dos casos existe una marcada tendencia a la