Investigación desarrollada y enviada por: Lic. Germán H. Pastorini
gerpas@adinet.com.uy
"Aprende a morir y aprenderás a vivir. Nadie aprenderá a vivir si no ha aprendido a
morir", así rezaba un viejo manual occidental sobre la muerte y el proceso de morir.
Actualmente, en nuestra sociedad se ha producido un considerable avance en lo
referente a la atención al paciente moribundo, desarrollo que se ha realizado por un lado en lo
que hace a la terapia del dolor y más específicamente a la farmacología en sí. Pero también,
el movimiento de los cuidados paliativos desarrollado a mediados del siglo pasado por C.
Saunders en Inglaterra y que da cuenta de la necesidad de brindar una atención compasiva
tendiente no sólo a disminuir el sufrimiento físico del paciente sino también a optimizar su
calidad de vida, a través del control de los síntomas físicos, emocionales, mentales, sociales.
Pero como supiera decir el sabio maestro budista, Padmasambhava: "Quienes creen
que disponen de mucho tiempo, sólo se preparan en el momento de la muerte. Entonces los
desgarra el arrepentimiento. Pero, ¿no es ya demasiado tarde?".
En este sentido creo que la pregunta que todos y cada uno de nosotros nos debemos
hacer aquí y ahora a nosotros mismos y con total sinceridad es: ¿Qué sé sobre la muerte?".
En primer lugar debemos ser conscientes de que la muerte es un absoluto misterio,
pues nadie ha regresado del "más allá" para referirnoslo. Todo lo que contamos es con lo que
se denomina "experiencias cercanas a la muerte".
Pero debemos ser con nosotros mismos tan íntegros como lo fue el célebre filósofo
griego Sócrates, cuando afirma: "El temor a la muerte, señores, no es otra cosa que
considerarse sabio sin serlo, ya que es creer saber sobre aquello que no se sabe. Quizá la
muerte sea la mayor bendición del ser humano, nadie lo sabe, y sin embargo todo el mundo le
teme como si supiera con absoluta certeza que es el peor de los males".
Aunque si contamos con dos certezas irrefutables. Sabemos que es absolutamente
cierto que habremos de morir y también que es absolutamente incierto cuándo y cómo.
Angustiosas interrogantes existenciales ambas si las hay.
En "El conocimiento silencioso" de Carlos Castaneda, don Juan, el gran brujo yaqui
dice: "Sin una visión clara de la muerte, no hay orden, no hay sobriedad, no hay belleza. Los
brujos se esfuerzan sin medida por tener su muerte en cuenta, con el fin de saber, al nivel más
profundo, que no tienen ninguna otra certeza sino la de morir. Ese conocimiento da a los
brujos el valor de tener paciencia sin dejar de actuar; les da, asimismo, el valor de acceder, el
valor de aceptar todo sin caer en la estupidez y, sobre todo, les otorga el valor para no tener
compasión ni entregarse a la importancia personal". En otro momento expresa: "Los brujos
dicen que la muerte es nuestro único adversario que vale la pena. La muerte es quien nos reta
y nosotros nacemos para aceptar ese reto, seamos hombres comunes y corrientes o brujos. La
diferencia es que los brujos lo saben y los hombres comunes y corrientes no".
Este concepto de la muerte como el gran adversario que nos infunde de valor y
paciencia para actuar sin entregarnos a la importancia personal o ego-centrismo nos hace ver
a la muerte como un maestro que nos saca de nuestro in-consciente escondite y nos abre a la
verdad de la vida y del universo.
Reflexionemos sobre ello. A poco que pensemos, hemos de llegar a darnos cuenta de
que en realidad ignoramos quienes somos, es decir, cuándo nos preguntan sobre nuestra
identidad respondemos con una diversa variedad de elementos que hemos coleccionado con
el fin de definirnos a nosotros mismos (por ejemplo, soy uruguayo, psicólogo, hombre, etc.).
Pero cuando todas esas cosas se nos quitan, ¿tenemos idea de quienes somos en realidad sin y
detrás de todos esos agregados?.
Además, nos identificamos con nuestro cuerpo y con nuestra muerte, pero que
sucederá cuando ya no estén presentes, ¿son estos dos elementos sostenes seguros y
confiables de nuestro ser y de nuestra identidad?
Para no hacer frente a estas interrogantes, buscamos y exigimos vivir según un plan
pre-establecido, por ejemplo, estudiar, trabajar, formar una familia, etc., etc., de manera de
vivir de forma acelerada, ocupando el tiempo con responsabilidades y con cosas materiales.
En una palabra, si deseamos dejar de una vez por todas que la vida nos viva a nosotros
y en cambio vivir nosotros la vida (valga la perogrullada), debemos empezar por aceptar la
muerte como una gran maestra que continuamente nos susurra al oído: "Carpe diem", es
decir, vive la vida en el aquí y ahora, sin dejar situaciones inconclusas, pues no sabemos que
llegará primero, si la muerte o el próximo día.
¿Es esta una visión pesimista de la vida, que nos sume en la angustia y el terror
continuos? Muy por el contrario. Nos permite una vida plena y fluida, pues al no saber en que
momento ha de llegarnos el momento último, evitamos por un lado el dejar asuntos
pendientes y minimizamos nuestra personal importancia, y por otro lado, buscamos mantener
una comunicación plena y sincera con quienes y con lo que nos rodea, expresando en forma
continua un profundo respeto y amor por todo y todos.
Al ser conscientes de que nada es permanente, de que como dijera Lavoisier, nada se
pierde sino que todo se transforma, despertamos al hecho de que nada es independiente sino
que todo es inter-dependiente con todo y todos. Somos in-dividuos pero también estamos en
común-unión y por consiguiente, nuestra más insignificante motivación, acción y/o palabra
tiene consecuencias reales en todos los niveles del universo y en todos sus tiempos.
Ergo, hemos de vivir en el aquí y ahora, en el momento presente pues el pasado ha
dejado de existir como tal y ahora es parte del presente, y el futuro es algo incierto aunque
fecundo y lleno de posibilidades, pero cuya plenitud depende del momento actual; el futuro
nace junto con el momento presente y muere con él.
Y así hemos de aprender a ser lo que don Juan llamaba un "hombre de conocimiento",
un guerrero espiritual que vive su vida desde y con "impecabilidad".
¿Qué significa lo anteriormente expuesto?, pues nada que menos que comprender que
las crisis, el sufrimiento y las dificultades son puntos de inflexión en nuestras aletargadas
existencias; son verdaderas oportunidades para transformarnos de y en forma íntegra,
dándonos cuenta de la impermanencia de todo y aprendiendo así a aceptar los cambios. Como
refiriera Heráclito de Efeso, no nos lavamos las manos dos veces en el mismo río.
Así en la medida en que seamos conscientes del continuo fluir de la existencia en una
espiral mutacional dinámica y permanente, aprendemos en consecuencia que el apego y la
posesividad de personas, ideas y/o cosas es algo falso y que nos hace daño. Por consiguiente,
al aceptar la no permanencia, disminuye nuestro apego y el consiguiente dolor por las
eventuales pérdidas, reales o no y ganamos en compasión, alegría, amor, bondad y sabiduría
al confiar plenamente en nosotros mismos; implica en definitiva un pararnos sobre nuestros
propios pies, siendo responsables de y por nosotros mismos.
Ahora, si todo cambia y muere, pero nada se pierde, sino que todo se transforma,
entonces, ¿qué es la vida y qué es la muerte?. ¿Qué hay detrás de la vida y qué tras la muerte,
si es que algo hay? A lo que podríamos agregar: ¿de dónde venimos y hacia dónde nos
dirigimos?; ¿qué sentido tiene nuestra existencia?, y en definitiva, ¿quién soy?.
Esto daría (y dará) cuenta de otro momento reflexivo, pero ahora preguntémosnos,
¿qué es lo que en verdad ha de contar en el momento de nuestra muerte?.
Pues hay dos elementos básicos y fundamentales, uno es cómo hemos vivido nuestra
vida (y como la vivimos), y el otro es cuál ha de ser el estado de nuestra mente en el
momento de la muerte.
Como dice Sogyal Rimpoché: "El último pensamiento y emoción que tenemos justo
antes de morir ejerce un poderosísimo efecto determinante sobre nuestro futuro inmediato.
Este último pensamiento o emoción puede amplificarse desproporcionadamente e inundar
toda nuestra conciencia en el momento de la muerte. En este momento nuestra mente se