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Teoría Psicoanalítica de la Personalidad



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inconsciente el significado de una verdadera castración, aunque ésta tenga un carácter
meramente representativo. 
La fantasía sexual de esta etapa se refiere al acto sexual como intercambio de orina, además
de las protofantasías de acecho del acto sexual parental, de seducción por una persona
adulta y la fantasía de retorno al vientre materno. En este período la fantasía de que la
mujer posee un pene igual al del hombre adquiere gran importancia, que podría movilizar a
la homosexualidad. 
Bisexualidad 
Todas las particularidades del sexo masculino, cualesquiera que sean, se comprueban
también en el sexo femenino. Freud enunció una hipótesis en la que sostiene que existe en
todos los individuos una disposición bisexual originaria que, en el curso de la evolución, se ha
ido orientando hacia la monosexualidad, pero conservando algunos restos del sexo opuesto;
esta afirmación está corroborada por datos embriológicos, anatómicos, celulares, bioquímicos
y de experiencias en vertebrados y mamíferos superiores. 
Plantea la homosexualidad basada en evidencias psicológicas, por las cuales, al hombre
homosexual, la mujer en general se le ha convertido simbólicamente en una imagen
incestuosa y cada acercamiento a ese objeto censurado moviliza la prohibición del superyó. 
Complejo de Edipo 
En la etapa fálica crecen las tendencias de tipo genital, para las que el niño debe encontrar
un objeto, buscando entre quienes lo rodean. Su padre adquiere una nueva dimensión y el
niño ve en él un representante poderoso del mundo exterior. 
En varios aspectos empieza a conducirse como un amante para su madre, contraponiéndolo
con su padre, hacia el cual siente a la vez agresividad y admiración. La agresividad contra su
padre la proyecta, y la imagen resultante comienza a ser peligrosa y tan agresiva como es la
intensidad de la agresión que el mismo niño siente y proyecta sobre ese objeto. 
Frente a la situación edípica y la angustia que esta misma le produce, el niño, desea tener la
fuerza y la potencia del padre, dirige su agresividad hacia los órganos genitales del
progenitor y como contraparte, teme que se lesione o se le quite eso mismo a él. Al ocurrir
esto, empieza el complejo de castración. La observación de los genitales femeninos rompe la
incredulidad del niño, representándose la pérdida de su propio pene. 
Finalmente, opta por quitar del medio al padre malo, y en una regresión al plano oral, con el
mecanismo de la introyección, logra satisfacer sus dos tendencias simultáneas: la de
destrucción del padre malo, devorándolo mentalmente y la de incorporación del padre
bueno, incorporando todo lo que ama en él. Mediante este proceso el sujeto soluciona el
problema y al mismo tiempo fortifica su yo por la acción de un elemento censor que a su
vez, aumenta las posibilidades de dominar sus pretensiones prohibidas, perpetuando la
prohibición del incesto 
Las tendencias libidinosas correspondientes al complejo quedan en parte desexualizadas y
sublimadas. Este proceso ha salvado, por una parte, los genitales, apartando de ellos la
amenaza de castración, pero por otra, los ha paralizado, despojándolos de su función. Con él
empieza el período de latencia que interrumpe la evolución sexual del niño. 
Complejo de Electra 
El clítoris de la niña se comporta al principio exactamente como un pene, pero cuando la
sujeto tiene la ocasión de compararlo con el pene verdadero de un niño encuentra pequeño
el suyo y siente este hecho como una desventaja y un motivo de inferioridad, cayendo en la
envidia fálica. La niña no considera su falta de pene como un carácter sexual, sino que lo
explica como un castigo a la masturbación, pudiendo derivar en tres fenómenos: la inhibición
sexual o la neurosis, a la transformación del carácter en el sentido de un complejo de
masculinidad o el advenimiento de la femineidad normal. 
La falta de pene provoca una reacción de odio hacia la madre, por el hecho de considerar
que le ha privado de un pene. Tal situación moviliza en ella una regresión a la etapa anal
retentiva, cargando de libido los representantes de los objetos a través del simbolismo de los
excrementos, que estarían dedicados al padre y representarían un nuevo ser ofrecido a éste.
Las sensaciones anales son desplazadas hacia la entrada de la vagina y la niña comienza a
querer y apetecer genitalmente a su padre. 
Se despierta la ambivalencia contra la madre, que debe ser eliminada por medio de la
identificación con ella, que refuerza la femineidad de la niña. 
PERÍODO DE LATENCIA (5 a 12 años) 
En este período el ello se aplaca, el yo se refuerza y el superyó heredero del complejo de
Edipo, actúa con más severidad. 
En realidad no existe un período de latencia absoluta, pues ésta se ve interrumpida
esporádicamente por excitaciones. La libido pierde su carácter objetivo genital inmediato,
para dirigirse especialmente a perfeccionar las cualidades de sublimación del sujeto, ya que
las energías instintivas de los impulsos sexuales son aprovechadas durante esta época para
la estructuración del yo. 
Durante el período de latencia se perfeccionan y organizan las estructuras que se han
planteado básicamente los años anteriores y su buena realización depende
fundamentalmente de la armonía psicosexual entre los progenitores. 
Freud sostenía que era un fenómeno biológico, pero Reich afirma que es un proceso
sustentado como consecuencia del ambiente. 
PUBERTAD (desde los 11 a 13 años) 
En este período surgen grandes cantidades de excitación sexual, pero inconscientemente,
con los mismos objetos de la infancia, por lo que continuaría la barrera contra el incesto. la
duración de la pubertad puede variar, citándose casos en que a los 25 todavía no ha sido
todavía superada. 
El aumento de exigencias instintivas produce en el individuo, como efecto indirecto, la
intensificación de los esfuerzos defensivos que persiguen el dominio de los instintos
reactivados; los mecanismos del yo pueden exagerarse hasta el grado de promover una
deformación morbosa del carácter, por medio de la intelectualización y el ascetismo. 
En el adolescente siempre se puede advertir un antagonismo frente a los instintos, cuya
magnitud sobrepasa en mucho a la habitual represión instintiva de la vida normal; los
adolescentes parecen temer más la cantidad que la calidad de los instintos. Durante este
período desconfían de una manera general del goce o placer en sí y el sistema más seguro
consiste únicamente en oponer al incremento y apremio de sus pulsiones las prohibiciones
más estrictas, aunque también es corriente que se entregue súbitamente a todo antes
consideraba prohibido. 
En particular los adolescentes que Bernfeld denomina de pubertad prolongada, exhiben un
insaciable deseo de meditar y platicar sobre temas abstractos, aunque se descubre que esa
elevada capacidad intelectual tiene poca o ninguna relación con su conducta. Dada la
omnipresencia de los peligros, el yo debe valerse de cuantos medios conoce para
dominarlos: la reflexión sobre el conflicto instintivo, su intelectualización , parece ser un
medio conveniente. 
En el adolescente se presenta una especie de culto al héroe, lo que le permite preservar a la
persona buena, teniendo la ocasión de satisfacer su odio en el ser que según su juicio, lo
merezca. 
Durante este período, los adolescentes tienden a separarse de sus padres, debido a que sus
deseos sexuales y conflictos en relación con aquellos se ha reactivado. 
  
MELANIE KLEIN 
Vida fantaseada: 
forma por la cual las percepciones y sensaciones internas y externas son interpretadas y
representadas a sí mismo en la mente, bajo la influencia del principio placer - displacer, por
intermedio de la introyección y la proyección, lo que hace que fantasía y realidad se influyan
mutuamente.
Las fantasías inconscientes están siempre presentes y siempre activas en todo individuo,
existiendo desde el comienzo de la vida. Es una función del yo 
Avidez: 
emoción oral que consiste en un deseo vehemente, impetuoso e insaciable, que excede lo
que el sujeto necesita y lo que el objeto es capaz de dar. Siempre hay cierto nivel de avidez,
que aumenta con la ansiedad persecutoria y varía con cada niño. Introyección destructiva. 
Envidia: 
no es sólo robar, sino colocar impulsos destructivos y partes malas dentro del objeto, con el
fin de dañarlo, destruirlo y controlarlo. Identificación proyectiva destructiva,
fundamentalmente sobre objetos parciales. Tiene un componente libidinal menos intenso que
la voracidad y está impregnada del instinto de muerte. 
Celos: 
se basan en la envidia, comprenden una relación de al menos dos personas y conciernen
principalmente el amor que el sujeto siente que le es debido y le ha sido quitado o está en
peligro de serlo, por un rival. Son necesariamente una relación de objeto total. 
Melanie Klein señala que al comienzo de la vida hay dos fuentes de ansiedad: la interna
estaría dada por el instinto de muerte que fundamenta el temor a la aniquilación y la
externa, que estaría dada por la experiencia al nacer en forma de la primera castración y
sería la base de las angustias posteriores. 
La primera relación objetal que realiza el niño es la alimentación y se realiza con el pezón de
la madre, tanto para los instintos de vida como para los de muerte, impulsos que estarían en
equilibrio cuando el bebé está libre de hambre y tensión interna. El equilibrio se puede
perturbar tanto por pulsiones internas como por elementos del medio, desencadenando la
avidez. 
Cualquier aumento de la avidez fortalece la sensación de frustración y paralelamente
aumenta la intensidad de la agresión, lo que simultáneamente incrementa la ansiedad
persecutoria y esta aumenta, a su vez la avidez, formando un círculo cerrado. Por otro lado,
a medida que aumenta la gratificación, disminuye la envidia, la disminución de la envidia
permite mayor gratificación y esto a su vez, estimula la disminución de la envidia. 
Plantea la Melanie Klein que la base constitucional de la intensidad de la avidez es provocada
por la fuerza de los impulsos destructores en su interacción con los impulsos libidinosos. En
algunos casos, la ansiedad persecutoria incrementa la avidez y en otros, produce tempranas
inhibiciones de la alimentación. 
Las experiencias que tiene el niño de ser alimentado y de ser frustrado constituyen
internamente las imágenes de dos pechos: un pecho vinculado con la frustración, el bueno, y
un pecho vinculado con la satisfacción, el malo. Esta división se produce por la inmadurez del
yo, la falta de integración del yo y el proceso de división del objeto. A las experiencias de
frustración y satisfacción se suman los procesos de introyección y proyección, que
contribuyen a hacer más ambivalente la relación objetal, de este modo quedan estructurados
los prototipos que forman el núcleo del superyó. 
El yo inmaduro del bebé está expuesto desde el nacimiento a la ansiedad provocada por la
innata polaridad de los instintos y cuando se ve enfrentado con la ansiedad que le produce el
instinto de muerte, el yo lo deflexiona. Así, la gratificación no sólo satisface la necesidad de
bienestar, amor y nutrición; también se la necesita para mantener a raya la aterradora
persecución. 
De la proyección original del instinto de muerte surge otro mecanismo de defensa, la
identificación proyectiva, en la que se escinden y apartan partes del yo y objetos internos y
se los proyecta en el objeto externo, que queda entonces poseído y controlado por las partes
proyectadas e identificado con ellas. 
La ansiedad predominante de la posición esquizoparanoide (0 a 4 meses) es que el objeto u
objetos persecutorios se introduzcan en el yo y avasallen y aniquilen tanto al objeto como al
yo. 
Para contrarrestar el nivel de ansiedad, el yo desarrolla varios mecanismos de defensa,
donde, en algunas situaciones, se proyecta lo bueno para mantenerlo a salvo de lo que se
siente como maldad interna y situaciones en que se introyectan los perseguidoras, hace una
identificación con ellos o incluso, recurre a la desintegración del yo, en un intento de
controlarlos. Sin embargo, los mecanismos de defensa no sólo protegen al yo de ansiedades
inmediatas, sino también tienen funciones de etapas progresivas del desarrollo como la
escisión, que constituye la base de la represión y la atención, y la proyección, que posibilita
la empatía. 
Cuanto menor es la ansiedad persecutoria, la tendencia hacia la división es menor y el yo
tiende más hacia la integración. La síntesis de amor y odio hacia un objeto total de origen al
comienzo de la posición depresiva alrededor de los cuatro meses. 
En la faz depresiva encontramos: el comienzo de una emoción dolorosa de culpa y necesidad
de reparación; que la agresión está mitigada por la libido, de donde la ansiedad persecutoria
se encuentra disminuida y que la ansiedad relacionada con el destino del objeto interno y
externo que está en peligro lleva al yo a efectuar una reparación e inhibir los impulsos
agresivos. Al mismo tiempo la organización sexual va progresando, los impulsos anales y
uretrales aumentan, pero de cualquier modo siguen predominando los orales. 
El bebé tolera mejor el instinto de muerte dentro de sí y decrecen sus temores paranoides,
disminuyen la escisión y la proyección y gradualmente puede predominar el impulso a la
integración del yo y del objeto. La relación ya no es con objetos parciales sino que se
transforma en una relación objetal total: reconocer a la madre como tal también significa
reconocerla como individuo con una vida propia y con sus propias relaciones con otras
personas; el bebé descubre cuán desamparado está, como depende totalmente de ella y
cuántos celos le provocan los demás, puede recordar gratificaciones anteriores en momentos
en que está siendo frustrado, enfrentándose a conflictos vinculados con la ambivalencia. 
El motivo principal de la ansiedad del bebé es que sus impulsos destructivos hayan destruido
o lleguen a destruir al objeto amado de quien depende totalmente, lo que aumenta la
necesidad de poseer este objeto, guardándolo dentro de sí y protegiéndolo de su propia
destructividad. La omnipotencia de los mecanismos de introyección oral hace surgir ansiedad
ante la perspectiva que los poderosos impulsos destructivos destruyan no sólo al objeto
bueno externo, sino también al objeto bueno introyectado. 
La experiencia de la depresión moviliza en el bebé el deseo de reparar a su objeto u objetos
destruidos. Como cree que la destrucción de su objeto se debe a sus propios ataques
destructivos, cree también que su propio amor y cuidados podrán deshacer los efectos de su
agresión. 
Cambia el carácter del superyó: el objeto persecutorio es vivenciado como autor de castigos
crueles y el objeto ideal, con quien el yo anhela identificarse, se convierte en la parte del
superyó correspondiente al ideal del yo, que también resulta persecutorio por sus elevadas
exigencias de perfección. A medida que se aproximan entre sí el objeto ideal y el
persecutorio en la posición depresiva, el superyó se integra más y es vivenciado como un
objeto interno total, amado con ambivalencia. 
La reparación propiamente dicha apenas puede considerarse una defensa, ya que se basa en
el reconocimiento de la realidad psíquica, en la vivencia del dolor que esta realidad causa y
en la adopción de una acción adecuada para remediarla en la fantasía o en la realidad. La
reparación maníaca es una defensa en la medida que su fin es reparar al objeto sin que
aparezcan sentimientos de culpa o pérdida: no se dirige nunca a los objetos originales o a
internos, siempre a objetos más remotos; es necesario no sentir que uno mismo dañó al
objeto destinatario de la reparación; se siente al objeto como inferior, dependiente y
despreciable; no puede completarse nunca porque si lo hiciera, el objeto sería merecedor de
amor y aprecio y, por último, este tipo de reparación no alivia la culpa subyacente ni
proporciona una satisfacción duradera. 
 
REFERENCIAS 
Coderch, J. (1991). Psiquiatría dinámica. Barcelona: Herder. 
Fenichel, O. (1974). Teoría psicoanalítica de las neurosis. Buenos Aires: Nova. 
Fiorini, H.J. (1997). Teoría y técnica de psicoterapias. Buenos Aires: Nueva Visión. 
Freud, A. (1971). El yo y los mecanismos defensivos. Buenos Aires: Paidos. 
Freud, S. (1997). Los textos fundamentales del psicoanálisis. Barcelona: Altaya. 
Racker, H. (1990). Estudios sobre técnica psicoanalítica. Buenos Aires: Paidos. 
Segal, H. (1991). Introducción a la obra de Melanie Klein. Buenos Aires: Paidos. 
Tallaferro, A. (1991). Curso básico de psicoanálisis. Buenos Aires: Paidos.
ASIGNATURA: Psicología Clínica II (Orientación Psicodinámica)
DOCENTE: Pilar Hernández G.
PERÍODO: II Semestre de 1998.
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